"Ninguna actividad humana guarda una relación más universal y constante con el azar como la guerra. El azar, juntamente con lo accidental y la buena suerte, desempeña un gran papel en la guerra."
Carl Von Clausewitz
Cansado de tirarle WD-40 a la misma tuerca, decidí tomarme un respiro y dejar que el aerosol “haga su gracia” como dicen los chicos del taller. Salí de la fosa mientras uno de los chicos me alcanzaba un mate.
“Tuerca: uno, Samu: cero” dijo una voz conocida a mis espaldas. Inmediatamente, todos estallaron en una carcajada. Guillermo Roa tiene la capacidad de decir la frase justa en el momento menos esperado y siempre logra la fórmula exacta para que el taller sea por momentos, un lugar ameno de trabajo. Todavía dolían las muertes de los chicos en el bombardeo de antes de ayer… es muy duro de asimilar que la gente con la que en éste momento compartimos risas, mates y bizcochos, en unos minutos puede estar muriendo en tus brazos.
Guillermo es el jefe de mecánicos, un ingeniero mecánico, una persona de enorme inteligencia y sentido común, un excelente cronista…y un amigo más. Compartimos la tienda de campaña, donde solemos entramar charlas acerca de nuestros pasados. A veces son agradables y graciosas, otras veces tristes aunque casi siempre entretenidas.
Es una persona que motiva a conocerlo y entenderlo ya que, aunque tal vez parezca extraño, me ayuda también a entenderme a mi mismo. Gracias a él, de a poco, comienzo a sobreponerme a la muerte de mamá, comienzo a entender los alcances de éste conflicto y cada vez noto mas que las razones que antes me parecían importantes defender no son mas valiosas que la vidas que perdemos en el día a día. Que esos héroes anónimos nunca serán reconocidos como tales sino en algún acto en pos de la memoria y que los que salen ganando son siempre los mismos. Después de todo, la historia la escriben los vencedores.
Termino de sorber el mate, como medio bizcocho y la otra mitad se la arrojo a Libertad, que se encuentra echado sobre unas mantas a un costado del taller. Levanta la cabeza, olfatea el bizcocho y, sin hacerle asco, lo devora de un mordisco. Su pelaje negro ahora brillaba poderosamente y se lo veía bastante más gordo. Tal vez demasiado.
“¡Eh, Libertad, perro maricón, vení para acá!” le dijo uno de los chicos. Mi perro se había ganado ese mote gracias a sus constantes lloriqueos, con los que intentaba conmover al incauto acreedor casual de alguna galletita con el fin de conseguir sumar unos kilos más a su cuenta personal. “Estás echado sobre la grasa, tonto”. Efectivamente, el perro había girado sobre su espalda, quedando patas para arriba y ahora tenía todo el lomo sucio con grasa rojiza. Reí con ganas. La llegada de Libertad a mi vida fue uno de las razones por las que estoy aún me siento vivo y motivado. Nunca había conocido un animal tan fiel y agradecido como éste perro, que me brindaba su enorme cariño cada vez que la tristeza comenzaba a embriagarme. Cuando me miraba con esos ojos marrones y me hacía acordar a ella…
¡Basta! ¡Olvidala de una vez! Dios sabe que será de su vida. ¿Por qué te empecinas en continuar con esa obsesión? Jazmín ya no está en tu vida, y probablemente nunca más estará.
¡Basta! ¡Olvidala de una vez! Dios sabe que será de su vida. ¿Por qué te empecinas en continuar con esa obsesión? Jazmín ya no está en tu vida, y probablemente nunca más estará.
Volví a mi trabajo, ofuscado por mis pensamientos. Sin darme cuenta, aflojé demasiado rápido la tuerca tapón del carter del jeep que reparaba y me bañé en aceite. “¡Ehh, que boquita che!” fue la respuesta a mi sermón de puteadas. “Que boludo el aceite ¿no?” oí que acotaban.
Traté de limpiarme un poco, pero mi overol era un desastre. Salí del taller, crucé la calle y fui al otro taller, que es más pequeño pero es donde guardamos la ropa. Dos guardias fumaban un cigarrillo en la puerta y charlaban animadamente.
-“En media hora llega el jeep donde traen al capitán García, los están trasladando para acá... Dicen que está en coma…”-
-“Uh… pobre… ¿Eso fue en Arroyo del Medio no?-
-Si, perdió a toda la compañía, quedaron diez nomás. Que loco ¿No?...Fue hace 6 semanas y parecería que pasó ayer…-
No pude oír nada mas porque mi mente quedó completamente en blanco...¿Capitán García...? ¿Papá...?
No pude oír nada mas porque mi mente quedó completamente en blanco...¿Capitán García...? ¿Papá...?
Esa misma noche fui hasta el edificio que funcionaba de hospital. Había toque de queda, pero realmente no me importaba nada más que verlo con mis propios ojos. ¿Coma? ¿Qué te pasó viejo?
Entré al pabellón de terapia intensiva. Abrí la puerta sin hacer ruidos, sospechando de mi propia sombra. Pero no había moros en la costa, nadie sabía que estaba allí. Guillermo estaba escribiendo (se había mostrado muy sorprendido cuando le conté del campamento ruso de entrenamiento en Sunchales y comenzó una investigación del caso) y no me había prestado atención cuando le dije que iba a dar una vuelta. Aunque fuera la 1am…
Caminé entre las camillas. La luz de la luna se filtraba entre las cortinas blancas. Tendido en una cama, en un costado de la habitación, distinguí a mi viejo, conectado a unas cuantas máquinas que seguramente lo mantenían vivo. Conmocionado, me acerqué hacia él hasta llegar al borde de su cama. Y sin darme cuenta, comencé a contarle todo lo que pasaba por mi mente… La guerra, la muerte, la tristeza, el dolor y la soledad se mezclaban en mis palabras en un torbellino de sentimientos y sensaciones incontrolable. Sentía que estábamos solos, él y yo y que el mundo había desaparecido. Grave error.
De repente, un grito escapó de mis labios, mis piernas se debilitaron y un fortísimo dolor en la nuca nubló mi visión. “¡Quedate quietito pendejo o te reviento la cabeza!” fue la orden del soldado que de un culatazo me sorprendió violando la seguridad del recinto...
Empezaba a perder la conciencia...
El dolor era muy fuerte...
De repente, un grito escapó de mis labios, mis piernas se debilitaron y un fortísimo dolor en la nuca nubló mi visión. “¡Quedate quietito pendejo o te reviento la cabeza!” fue la orden del soldado que de un culatazo me sorprendió violando la seguridad del recinto...
Empezaba a perder la conciencia...
El dolor era muy fuerte...
Dios, dios, dios, me atraparon...
Estoy perdido…
Estoy perdido…
Oí como quitaban el seguro del FAL…
Cerré los ojos...
-“Soldado, ponga el seguro a ese rifle y deje de apuntarle a mi hijo” –ordenó una voz un tanto débil.
El Capitán García me miraba desde su camilla, con los ojos entornados y una débil sonrisa asomando de su bigote, mientras finalmente la inconsciencia ganaba la batalla.
Cerré los ojos...
-“Soldado, ponga el seguro a ese rifle y deje de apuntarle a mi hijo” –ordenó una voz un tanto débil.
El Capitán García me miraba desde su camilla, con los ojos entornados y una débil sonrisa asomando de su bigote, mientras finalmente la inconsciencia ganaba la batalla.
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