Paul Brulat
La temperatura había bajado demasiado durante la tarde y el 128 se quejaba al tratar de encender. “Vamos, vamos…” Accioné el cebador y nuevamente le di arranque, con cuidado de no ahogarlo. Pero seguía rehusándose a encender. Las noches en el campo pueden ser tremendamente despiadadas cuando te toman por sorpresa.
Frustrado, apoyé la cabeza sobre el volante cuando distinguí que algo brillaba en el piso del coche… ¿Qué podría ser? Traté en vano de entornar los ojos para distinguir que era pero finalmente, decidí estirar mi mano y tomar el objeto brillante: era un arista de una tarjeta de identificación. La levanté para que la luz de la ruta me permitiera leer que tenía escrito y me sorprendí al ver el nombre impreso...
“Samuel Gamarra
Técnico mecánico
Ejército argentino…”
¡La tarjeta de citación de Samuel! ¿Cómo había llegado hasta acá? Y entonces recordé la desdichada suerte que acompañaba a mi amigo mientras la culpa comenzaba a invadirme nuevamente. ¿Por qué me sentía así? ¿Acaso podría haber hecho más por él? Lo último que sabía era que había perdido su ojo, pero su vida había sido salvada… ¿Por qué la culpa me invadía como un veneno que me inyectaron en dosis mortales?
A veces creo que soy demasiado duro conmigo mismo y entonces me trato de convencer de que no puedo tener el control de todo... Sin embargo, me es imposible... Tal vez me esfuerzo demasiado por cambiar cosas que están más allá de mis posibilidades y me da pánico cuando pierdo el manejo de las situaciones en las que me encuentro, cuando no puedo prever que va a pasar. Como ahora… como cuando estaba sentado en el suelo del pasillo del club… como cuando estaba en mi habitación, agazapado junto a mi escopeta…
La tarjeta no tenía foto. Genial, la puedo usar yo; puedo hacerme pasar por Samu mientras busco a mi viejo. Recuerdo que mamá estaba sumamente extrañada de que no tuviéramos noticias suyas desde hacía tres semanas, pero yo le resté importancia al hecho diciéndole que si estaba muerto nos habrían mandado un telegrama. También recuerdo el tremendo coscorrón que me gané por hacer ese comentario tan ácido en un momento de preocupación. Pobre mi vieja… las cosas que tuvo que pasar… y las lágrimas me tomaron por sorpresa nuevamente, mientras en el asiento trasero, Libertad comenzaba a desperezarse. Miré al perro negro, que apenas se distinguía entre las penumbras; solo el blanco de sus ojos permitía ubicarlo en la oscuridad.
Levanté la cara del volante y apoyé mi espalda sobre el respaldo, aspiré fuertemente, como si tratara de que las penas volvieran a su cautiverio en la cárcel de mi mente. Sequé las lágrimas de mis mejillas y tomé nuevamente la llave de contacto al tiempo que presionaba el embrague a fondo y nuevamente trataba de poner en marcha mi auto.
El potente rugido que surgió del escape del Fiat logró que finalmente en mi rostro se dibujara una incipiente sonrisa. Libertad ladró, mientras parado sobre el asiento trasero, meneaba animadamente su cola. Si Libertad… Por fin vamos a buscar nuestro lugar en el mundo...
Desde el habitáculo, las luces de los focos de la ruta viajaban a toda velocidad en dirección contraria a la que nosotros recorríamos. No recordaba hace cuanto tiempo estoy manejando, ni siquiera se a que velocidad voy, pero creo que nunca había viajado tan rápido. Uno a uno, los metros eran devorados insaciablemente por el paso implacable del bólido rojo y negro y el caucho se calentaba con cada nuevo giro, aferrándose al pavimento como si fueran un mismo cuerpo, mientras el volante deportivo cromado transmitía a la caja de dirección cada cambio de trayectoria marcado, esquivando cada pozo, cada grieta, cada roca sobre la ruta, al tiempo que la potencia del motor arrastraba la carrocería a toda velocidad hacia su próximo destino: Santa Fe de la Vera Cruz. A lo lejos, ya comenzaban a distinguirse las luces.
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