NOTA

Es muy importante tener en cuenta que para poder entender de manera correlativa los hechos puede ser necesario respetar el orden de salida de las notas desde la mas vieja a la mas nueva. De ésta manera, se podrá armar la historia de manera mas coherente. Sin embargo, ésta es una humilde recomendación del redactor que queda sujeta a la aceptación del lector.

Enjoy!

28.10.10

Capítulo 12

"Recogéis a un perro que anda muerto de hambre, lo engordas y no os morderá. Esa es la diferencia más notable entre un perro y un hombre."
Mark Twain

La luz anaranjada cubría la ruta. Mientras, el sueño comenzaba a ganarle la pulseada a la vigilia. Y mi mente repasaba la discusión con Jazmín.
Siempre era más de lo mismo. Era tropezar con la misma piedra… con la misma rama… o lo que fuera. Ya me estaba cansando de los amores. Saltar, rodear, patear, nada evitaba quitar ese obstáculo. Cada paso que doy, sea en la dirección que sea, terminaba con el mismo resultado. Solo me queda esperar a la correcta. Pero yo no espero, no puedo. Yo busco. Y ahora busco a mi viejo. Donde sea que esté.
¡Como pesan los párpados! Tal vez un poco de música me ayude un poco. Sintonicé la radio en la primera estación que pasara algo que no fuera estática, con la intención de que me ayudara a despertar. Pero solo los acordes de “Seasons in the Sun” de Terry Jacks comenzaron a sonar en los parlantes de mi Fiat. “Genial, ahora solo me falta una nueve milímetros y me puedo volar la cabeza en paz”… es sorprendente como la música puede someter nuestro humor a los caprichos de unas pocas notas… como una melodía pegadiza y aguda puede hacernos sonreír, o un tema cargado de melancolía, arrastrarnos a la más profunda depresión conocida por el corazón.

WE HAD JOY, WE HAD FUN, WE HAD SEASONS IN THE SUN
BUT THE HILLS THAT WE CLIMBED WERE JUST SEASONS OUT OF TIME

Las reflexiones no cesaban y la somnolencia ganaba la batalla. El sol en el horizonte bañaba el habitáculo de mi auto con su cálida luz. La música lentamente me relajaba.

GOODBYE MICHELLE, MY LITTLE ONE
YOU GAVE ME LOVE AND HELPED ME FIND THE SUN
AND EVERY TIME WHEN I WAS DOWN
YOU WOULD ALWAYS COME AROUND
AND GET MY FEET BACK ON THE GROUND

Y la vi. Estoy seguro. Yo vi la piedra. Pero… no era una piedra. Las piedras no se mueven. No tienen patas ni pecho blanco…
Las ruedas quedaron estáticas, pero el bólido seguía a velocidad constante.

¿RECORDÁS? VELOCIDAD CONSTANTE QUIERE DECIR QUE LA ACELERACIÓN ES NULA.
SI LA ACELERACIÓN ES NULA, NO VAS A FRENAR. VAS A CHOCAR.
YA ES TARDE. YA PERDISTE. ESOS OJOS NO TE LO VAN A PERDONAR. SON COMO LOS DE ELLA.
ELLA Y VOS ERAN DEMASIADO INCOMPATIBLES.
PERO CERRÁ LOS OJOS Y DALE UN BESO. NO, YA NO, YA PERDISTE.  Y SABÉS QUE ESOS OJOS NO TE VAN A PERDONAR.
YA ES DEMASIADO TARDE.
CERRÁ LOS OJOS Y PREPARATE PARA LO PEOR. ¿ACASO TE QUEDA ALGO POR LO QUE VIVIR?

Violentamente, volanteé hacia la izquierda. Pisé el pasto. El auto comenzó a torcerse, mucho… mucho… más de lo que quisiera…

YA ES DEMASIADO TARDE. ¿VISTE? SUS OJOS SON COMO LOS DE ELLA.
PERO AHORA PREPARATE PARA LO PEOR. PERO NO TE OLVIDES DE ESA MIRADA…

¡¡No te vuelques!! No, por favor… Y entonces, milagrosamente, obediente y fiel, se detuvo. La bolsa de tierra que se generó me ocultó por unos instantes, mientras mi respiración, completamente desajustada, trataba de recuperar su ritmo habitual. El corazón parecía querer salir de mi pecho. “Perdón 128. Perdón y gracias…”
La tierra comenzó a disiparse. Miré hacia la ruta y lo vi intacto. Gracias al cielo. Bajé lentamente del auto y caminé hacia él, con precaución para no espantarlo.
Aunque si no se había espantado con lo que pasó recién…
Echado sobre el pavimento, me regalaba la mirada más triste que pudiera haber visto en mi vida. Descubrí, no sin sorpresa, que mi visión no había sido producto de mi imaginación subjetiva y surrealista. Esos ojos marrones eran demasiado parecidos a los de Jazmín. Me estremecí de solo pensarlo.
Reparé en que movía su rabo con miedo, con vergüenza. Y entonces reparé también en su pata… “Uy bonito… ¿qué te pasó?”. Jadeaba. ¿Tendría sed?. Lo acaricié en la cabeza. Es hermoso. Tiene el pecho blanco así como la punta de sus patas traseras. Las orejas hacia atrás. Tiene miedo. No debe tener más de 3 años. Comienza a lamer mi mano. No puedo dejarlo así. Con precaución, trato de alzarlo. Espero que no muerda. No lo hace. Es muy manso. Está muy débil. Recordé que mi mamá me había enseñado como entablillar patas de perros. Amaba los animales. Y esas ganas de llorar de nuevo, la puta madre…
Lo dejé en el asiento de atrás con cuidado, mientras gimoteaba. Estaba demasiado flaco. Busqué un poco de agua en el baúl del auto. Siempre llevaba agua porque con los fierros nunca se sabe que vas a necesitar… Tomé el culo de una botella cortada y la llené con el agua.
 Tenía razón, estaba sediento…
“¿Vos vas a ser mi razón para vivir?” pregunté, sarcásticamente, al animal. Entonces dejó de tomar agua, me miró y ladró. Atónito, me quedé mirando largamente como volvía a tomar agua. Me estoy volviendo loco. No me pudo contestar… o sea, es un perro…
No lo puedo dejar así. Lo entablillé. Pero no parecía ser grave. De hecho, no se quejó siquiera. Busqué algo de comida de la guantera… un par de galletita… y bueno, es lo que hay. Estaba muerto de hambre. Pobrecito.
¿Y cómo te voy a poner? Pensé unos momentos…
“Libertad. Así te vas a llamar”. Y, nuevamente, como si el perro comprendiera, levantó la mirada y repitió el ladrido.
Definitivamente, me estoy volviendo loco. Basta de huevadas. El sueño te tiene mal y el perro no te entiende. Mejor me acuesto a dormir un rato. Salir a la ruta así es una locura.
Lentamente, corrí el auto hasta llevarlo a la sombra de unos sauces que crecían a la vera del camino. Busqué el parasol, lo ubiqué en su posición, revisé al perro (que se había convertido en un ovillo y dormía plácidamente), apagué la radio (pura estática) y me dispuse a descansar un rato. Ya no me sentía tan solo. Gracias Libertad.

24.10.10

Capítulo 11

Desperté con el zumbido de un mosquito cerca de mi oído. Definitivamente, hay pocas formas peores de despertar que así. Completamente fastidiado, intenté espantar al molesto insecto, pero en vista de mis inútiles esfuerzos, me decidí por levantarme.
Observé durante unos instantes la cancha de básquet del Club Libertad, la que alguna vez fue cuna de campeones nacionales, donde anualmente se celebraba el Torneo Interprovincial de Básquetbol Masculino y ahora no era más que un campo de refugiados, con su suelo cubierto de frazadas sucias, sangre de heridos, escombros…
Los refugiados intentaban descansar. Hacía ya 5 días del ataque. Saqué el crucifijo del bolsillo trasero de mi pantalón, me dirigí a una de las gradas del estadio, y me senté a contemplar el gimnasio a la luz de una luna nueva que, desde las ventanas superiores, bañaba el lugar tibiamente con su luz blanquecina.
No podía dejar de pensar en lo que me dijo Javier, uno de mis amigos, envuelto en la organización de la evacuación… ¿Cómo era que la resistencia comunista en Sunchales no era conocida para el mundo? Claro que cuando uno vive al lado de un campamento militar se hace difícil obviar los verdaderos fines de semejante predio. Sobre todo cuando uno escucha todos los días los tiros de quienes entrenan. Pero ahora que lo veo en retrospectiva… ¿El resto del mundo sabía de la presencia rusa en el país?
Sunchales no era el epicentro de la Argentina. Ni siquiera de la Provincia. Es el lugar ideal para empezar una contraofensiva secreta… ¿Los hijos de puta OTAN podría haber descubierto eso y por eso atacaron? Cerré mi puño nuevamente y la imagen de mi madre se materializó fugazmente frente a mí. Cerré mis ojos con fuerza, intentando contener las lágrimas. Inspiré sonoramente y decidí visitar el pabellón de los heridos. Si tenía suerte y algún conocido tenía guardia esa noche, podría al menos entrar a ver a Samuel.
Mientras caminaba solitariamente, vi que otra figura se levantaba de entre una pila de frazadas. No quise ver, pero imaginé que era ella. Seguí caminando, impasible, hasta que al cruzar la entrada del gimnasio y caminar por uno de los pasillos, oí que me chitaba.
“Hola… ¿cómo estás?” me preguntó, y me regaló una vez más su sonrisa, que era mi perdición. Ella es hermosa. No hay otra forma que conozca para definirla. Su pelo negro se encontraba ligeramente revuelto, pero su mirada destellante era la misma que tenía hace 2 semanas atrás. ¿Por qué me mentiste ese día Jazmín? ¿Por qué no fuiste capaz de decirme que no, que solo querías ser mi amiga? ¿Por qué fundaste falsas esperanzas en mí con tu “no sé”, jugaste conmigo y después me dejaste de lado como si de un juguete feo se tratase?
Me miró de manera más inquisidora, levantando una de cejas negras, mientras su expresión pasaba de amistosa a preocupada. Sus mejillas siempre sonrosadas, junto con sus labios, seguían albergando esa sonrisa tan dulce que me conmovía. “¿Estás bien?”
No.
Me moría por decirle la verdad. Que estaba para el orto. Que me sentía completamente desamparado. Que daba lo que sea porque me abrace, porque ella me bese o que me dé una palabra de aliento en ese momento. Que extrañaba a mi vieja más que nunca. Que no podía dejar de tener pesadillas donde la gente que maté despertaba con sus miembros desgarrados a buscar venganza. Que me sentía impotente, que tenía demasiado odio, demasiada bronca oculta en mí. Que quería irme a la mierda.
“Muy bien, ¿vos?”. Fue mi respuesta, un tanto abrupta, como si las palabras chocaran para salir de mi boca. “Bien, con un poco de frío.” Siempre decía lo mismo. Siempre. Entonces fue como si a mi cerebro se le saliera la cadena y hubiera perdido el control.
“¿Porqué?” pregunté.
“¿Porqué qué?” contestó.
“Por qué me mentiste. Por qué dijiste que no querías estar con nadie cuando no era así. Por qué me diste a entender que tenía una chance con vos si no era verdad. Por qué me hiciste esto”
“No quiero discutir ahora. Además yo no te mentí. Nunca te dije que tenías una chance conmigo”
“Cuando te pregunté, me dijiste no sé…” Comenzaba a desquisiarme.
“Porque no le sé, la vida es tan cambiante. Uno nunca sabe…” Miró hacia el suelo, luego al cielo, y me miró nuevamente, pero evitaba el contacto directo con mis ojos. Mirame a los ojos y decime la verdad, por una vez. Por una vez nada más. Decime que si o que no, pero decime la verdad. Nuevamente tomó la palabra "La verdad que éstos planteos de novio a mi no van. Además, hace apenas un mes que nos conocemos… ¿Eso te pareció tiempo suficiente para enamorarte de mi? Creo que si es así, sos un tonto o un iluso. No me conocés ni un poco. Y yo quiero salir con otros chicos, yo quiero vivir mi vida también…”
Entonces perdí el control. “¡¡Dios!! Ves que no entendiste nunca nada… ¿Yo cuestioné que salieras con otro? ¿No te das cuenta que yo solo buscaba conocerte? ¿Y encima tenés la caradurez de tratarme a mí como el imbécil? Yo jamas dije que estuviera enamorado de vos ni te lo di a entender, no se que fue lo que interpretaste. Me hubiera encantado que me dieras la oportunidad de conocerte... Pero vos solo jugaste conmigo” contesté, visiblemente irritado. No entendía cómo podía ser tan cerrada. ¿Acaso no te di tus tiempos Jazmín? ¿No te di tus espacios? “Desde el comienzo te dije que detestaba que me mintieran, me dijiste que vos no eras así, que decías siempre la verdad porque creías en la sinceridad. Que no te gustaba jugar con la gente. Mentirosa hipócrita”
“No sé qué esperabas encontrar en mi. Pero es evidente que vos y yo somos demasiado distintos.” Dijo, al tiempo que se retiraba. Apenas cruzó el umbral, di un fuerte puñetazo contra la pared. Una fuerte punzada en la palma de mi mano me obligó a abrir el puño inmediatamente después de impacto. El crucifijo cayó al suelo, manchado con mi sangre. El corte no era profundo pero era un poco doloroso. Apoyé mi espalda contra la pared, y me dejé caer hasta quedar sentado en el suelo. Respiraba pesadamente. Pensé en mi papá, que aún luchaba en la capital, Santa Fe. Quería estar con él. ¿Qué me quedaba aquí? Apenas un puñado de amigos…
Finalmente, me levanté del suelo. Tomé el crucifijo y lo guardé. Caminé pesadamente hacia donde estaban los heridos. Pregunté por Samuel en la entrada de la improvisada sala de terapia.
“No pibe, a ese se lo llevaron esta tarde para Rafaela en helicóptero.”
Volví apesadumbrado al gimnasio. Cuando iba a entrar, vi que ella estaba sentada en la misma grada que yo había estado unos minutos atrás. Me miró con sus grandes ojos marrones brillando. Y creo que nunca voy a olvidarme de aquella hermosa imagen.
La saludé con la mano. Pero en realidad, me despedí con el corazón. Giré sobre mis talones y salí nuevamente del gimnasio. Abrí la puerta de mi 128, lo encendí y salí del club por una entrada que no tenía custodia. Apenas 130 kilómetros me separaban de mi padre. Tomé la ruta y aceleré mientras en el horizonte, el alba daba inicio a un nuevo día.

21.10.10

Capítulo 10

La humedad añadía al ambiente una pesadez extra imposible de contener. Junto con el calor y el encierro, la tortura se hacía insostenible. Pero ese día iba a ser distinto. Francisca confiaba en que algún día esto debería terminar, para bien o para mal. Sabía que todo debía cambiar… y no se equivocaba.
El atronador estallido de una de las puertas provocó que despertara súbitamente de una nueva pesadilla. La balacera era impresionante, oía explosiones y gritos desgarradores. Tenía la piel de gallina y sentía un miedo que la dominaba, un pavor que la calaba hasta los huesos. Los gritos se hacían más lejanos por momentos. Deseaba imperiosamente retirar la venda de sus ojos. Sin embargo su cuerpo no respondía a ningún estímulo. Completamente inerte, en ese rincón vacío de su celda, aguardaba por el milagro que tanto había esperado, esa luz de esperanza que la había mantenido lúcida durante su cautiverio, que, a pesar de no saber con exactitud su duración, se acercaba poderosamente a la eternidad. Sin embargo, su lucidez comenzó a aplacarse lentamente una vez más. Estaba muy débil. Un nuevo desvanecimiento acabó con su conciencia.
Despertó súbitamente, oyendo que los combates no cesaban. Los gritos tampoco, mucho menos las balas. Como si de una película surrealista se tratara, imaginaba que paulatinamente el clamor de los fusiles cobraba mayor vigor. Tenía la seguridad de que se acercaban. Su mente le indicaba que pronto el dolor terminaría y el cautiverio sería una pesadilla más. Una de las tantas pesadillas que pronto cobraría a sus captores. Uno a uno. Sin piedad.
Entonces, le pareció oír un fuerte estallido cerca suyo. Oyó una voz en español. La emoción no la dejaba hablar. Una tranquilidad sedante invadió su maltrecho cuerpo… y nuevamente cayó hacia la inconsciencia.






“¿Como está la piba?”
“Uff… Tiene Catatonia. Y encima drástica. No responde casi a los estímulos, incluso creí que estaba muerta... Tiene el pulso tan débil… No sé cómo pudo sobrevivir al traslado hasta acá. Tiene muchas heridas mal curadas, signos de violación, hasta algunas hemorragias internas, desnutrición… Realmente, no me figuro como puede estar viva.”
“Si. Es una hermosa joven. Y responde a la descripción de la hija del capitán Escalada. Podemos pedir un rescate oneroso al ejército…”
“No sea necio Patricio. Sabe que el ejército ahora es nuestro aliado. Lo importante es que se recupere. Creo que sería conveniente trasladarla al centro médico de La Plata…”
“Haré lo que pueda. Apenas tenga novedades, infórmeme.”
Fue todo lo que su conciencia pudo registrar, para luego, nuevamente, volver a sumergirse en lo más profundo de su mente.

17.10.10

Capítulo 9

Hacía mucho frío. El ambiente olía mal, con esa característica mezcla de humedad y vejez, polvo y olvido. El silencio era solo quebrado por el sonido de llaves y cerraduras, que resonaban multiplicadas por cientos, por miles de veces, como si las penas del lugar fueran potentísimos amplificadores.
Estaba sentada en el suelo, aún dormida. El pecho solía presentarle súbitas ráfagas de dolor. Sus ojos habían perdido su jovialidad, pero detrás de la venda que los cubría, nada importaba. Nada. No tenía conciencia si afuera era de día o de noche, si era verano o invierno, si llovía o estaba soleado. No sabía cuánto tiempo había pasado desde esa noche de Enero. Su recuerdo era tan vívido… el sonido del proyectil surcando el aire, cortándolo como si se tratara de una tijera cortando seda… y el tiempo se paralizaba en su mente en el momento donde aquel cuerpo inerte, víctima del impacto, caía infinitamente, con las lágrimas brotando de sus ojos, con su mano tomándose el torso, y con el miedo reflejándose en su mirada. Eternamente.
Despertó gritando, con su voz quebrada en un llanto desgarrador. Esas pesadillas no la abandonarían jamás. Ella lo sabía. Pero el dolor era muy fuerte. Demasiado.
Oyó las voces de sus captores que se acercaban, alertados por su grito. O, a juzgar por su tono de voz, fastidiados por su grito. El fuerte estruendo de la puerta al abrirse resonó en todo el recinto. Comenzó a sollozar más débilmente. El miedo llenaba su cuerpo. Comenzaba a temblar.
Francisca distinguió dos o tres voces, hasta que el duro impacto de un puño contra la parte derecha de su cabeza la dejó completamente aturdida. El aullido de su grito resonó amplificado en todas las celdas. Su cuerpo salió despedido por el impacto y golpeó contra el suelo de cemento secamente. Un zumbido agudo resonaba dentro de su cráneo, anulando sus sentidos, mientras una mano fuerte apretaba duramente su brazo izquierdo y tiraba de él, arrastrándola por el piso. Aunque la venda le impedía verlo, sentía como su piel se raspaba, se cortaba, se quemaba producto de la fricción con el cemento mientras era tironeada por sus captores. No tenía fuerzas para forcejear. Estaba muy débil, tanto como para no llegar siquiera a ponerse de pie. Sintió de repente como su cabeza era levantada del piso cuando otro de sus captores tironeaba de su rubio cabello, que aún conservaba su belleza de antaño. Y fue entonces que comprendió que estaba perdida, que de nada servía gritar ni rezar, que nada de lo que hiciera podría impedir que esos bastardos soltaran sus pechos, impedir que desgarraran su blusa, impedir que su falda cediera… Los golpes no cesaban mientras la poseían brutalmente, mientras llegaban donde ella misma se había preocupado porque nadie llegara. Intentaba zafar sus piernas, pero ellos eran demasiado fuertes. Sus pequeños puños surcaban el aire, propinando imprecisos golpes sin sentido, ya que no lograban frenar el movimiento animado de las caderas de sus atacantes, no lograba frenar sus descargas, hasta la última gota. Una y otra vez. Una y otra vez… Fuertemente aturdida debido a la tremenda golpiza que le propinaban mientras continuaban con su ruin festín, aullaba y lloraba, rogando por alguien que la auxiliara. Sus gritos desquiciaron a uno de ellos, que buscando una manera de saciar sus ansias y callarla a la vez, intentó acceder a su boca. Entonces, ella, presa de la desesperación, mordió con todas sus fuerzas. Y el grito, por ese instante, mutó en un alarido grave, impropio de una mujer. Francisca sonrió por un momento, hasta que un nuevo golpe sobre su rostro hizo que su visión, obstruida por aquella venda, se llenara de estrellas. Estrellas que finalmente se apagaron, dejando un cielo profundamente negro ante sus ojos.

Y ya no había más dolor.

Ya no había más nada.

Solo estaba él, llamándola.

Le extendió su mano.

Pero ella no la tendió.

Y entonces él desapareció.






Despertó. Ultrajada. Su cuerpo lleno del fluido aún tibio de sus violadores. Tosió fuertemente. Escupió sangre. Pero eso no era sangre. Era odio. Sus arterias estaban llenas de eso.
Francisca, esa rubia debilidad. La de ojos claros destellantes y cuerpo de modelo, la que tenía las llaves para tener el mundo a sus pies, había muerto. Ahora, en ese cuerpo, una nueva persona había nacido. Ya nada volvería a ser igual.

14.10.10

Capítulo 8

Arranqué violentamente la cruz que colgaba de su pecho, y la encerré en mi puño, que aún se convulsionaba con cada sollozo que emitía, mientras seguía tratando en vano de abandonar el asombro y el dolor. Nada de lo que hiciera podría devolverla.
Nada.
Era como si un gélido viento polar soplara por mi interior. Sentía como si me hubieran removido los órganos, como si no tuviera nada en mi pecho. Solo dolor… pena… frustración… impotencia…
Perdí la noción del tiempo. No sé cuánto tiempo hace que estoy sentado allí a su lado. Y, de repente, comprendí todo. Comprendí que, más allá de las peleas que entablábamos, más allá de que me molestara muchas de sus actitudes, más allá de que jamás la comprendiera, la amaba desde lo más profundo de mi corazón. Que ella siempre fue la única. Que solo ella me quería tal como era. Y que ya no estaría nunca más a mi lado.
Fue entonces cuando la mutación se sucedió. Todo el profundo dolor que sentía se convirtió en odio. Un odio visceral que nunca hubiese creído sentir, que me hacía temblar y cerrar el puño hasta llegar el punto de que mis uñas hicieran sangrar las palmas de mis manos. Un odio que deseaba profundamente ser saciado. De inmediato.
Repentinamente, oigo movimientos afuera. Eran voces, murmullos, y siseos de botas que se generaban al recorrer los pastos largos del patio. Se acercaban. No tenía tiempo que perder. Con extrema suavidad, apoyé el cadáver de mi madre en el piso, guardé el crucifijo en uno de los bolsillos de mi jean, me limpié las manos tintadas en rojo contra la parte trasera de mi pantalón y fui hacia mi habitación a toda velocidad, sin emitir sonido. Celosamente oculta, me esperaba mi escopeta Remington M870, regalo de mi padre para mi cumpleaños número dieciocho. Él se había ocupado de enseñarme a disparar. Soy buen tirador.
Llegó el momento de hacer que esos hijos de puta coman plomo.
Una lágrima se deslizó por mi mejilla.
Me oculté entre la puerta abierta de mi habitación y la pared, a la espera del paso de los acechadores. Traté en vano de calmar mi respiración. Era imposible. Los sollozos brotaban de mi boca sin que nada pudiera contenerlos.
Estoy jodido…
En ese momento, escucho sus voces. Parecía una animada conversación en otro idioma.
Son Yankees
Apenas atravesaron la puerta, confirmé mis sospechas. Distinguí a contraluz sus pasamontañas oscuros, las gafas de visión nocturna y aquellos M16. Dos soldados ingleses, probablemente de algún grupo de reconocimiento que se acercó solo a verificar (a juzgar por su andar despreocupado), tal vez alertados por la presencia de mi auto en la puerta.
Que idiota soy…
Mientras revisaban mi habitación, mis manos transpiraban. El dedo índice temblaba sobre el gatillo. Una suerte de pánico y ansiedad se adueñaba de mi cuerpo. Sentía una sobredosis de adrenalina correr por mi torrente sanguíneo. Y el odio comenzaba a hacer estragos en mí. Entonces, un soldado volteó hacia donde estaba escondido. Gritó. Apuntó. Yo no lo hice. Gatillé. La escopeta vomitó los 12 perdigones. Lo hizo con un alarido gutural, atronador. La oscura habitación se iluminó de amarillo por un instante. Dos instantes. Tres. Cuatro. Los cuadros de las paredes temblaron ligeramente. Oí el tintineo de los cartuchos vacíos cuando chocaban con el suelo. Olí los restos de pólvora suspendida en el aire. Y también olí la sangre. Casi con placer. Me estremecí. Estaba fuera de mí.
Tanteé en la oscuridad el interruptor, la luz se encendió y quedé atónito unos segundos, contemplando mi obra. Mis piernas perdieron su fuerza. Y poderosas nauseas me tomaron por sorpresa. Vomité.
El torso del que se encontraba más cerca estaba abierto por la mitad, mientras que sus entrañas se encontraban repartidas por la pared. Apenas llegué a distinguir que agonizaba balbuceando algo ininteligible. El segundo se encontraba tumbado, sobre mi cama, cuyo color, antes azul, había cambiado a un púrpura intenso. Le faltaban las piernas, las cuales no llegué a distinguir en cuántas partes se encontraban desperdigadas.
Dios… que hice… Dios…
Intenté de recomponerme. El olor nauseabundo que emitían mis víctimas me provocaban arcadas casi incontrolables. Nuevamente vomité. Y solo entones comprendí…
Ante mi no estaban los asesinos de mi madre. Ante mí, no se encontraban dos soldados enemigos. Ante mi, se encontraban los restos de dos seres humanos. Dos seres humanos a los que maté.
Asesino

12.10.10

Capítulo 7

Veía luces…
 “No quiero verte nunca más con ese zurdito con el que salís… cuando se entere tu padre vamos a hablar distinto…”
Sentía frío…
“Perdoname. No tendría que haberte hecho venir ésta noche…”
Sufría…
Cuando abrió los ojos, se encontró volcada sobre el lado derecho de su cuerpo. Apenas distinguía una figura borrosa que se tambaleaba en la oscuridad. De fondo, veía algo parecido a una bola amarilla que danzaba casi de manera armónica. Estaba completamente aturdida, no recordaba siquiera dónde estaba. Mecánicamente, intentó ponerse de pie, pero apenas giró sobre su espalda sintió un dolor atroz en su pecho. Se quedó quieta, respondiendo al reflejo que despertó ese repentino pulso de tormento físico.
Lentamente, su mirada comenzó a aclararse y comenzó a distinguir  que la bola amarilla era fuego que se extendía sobre lo que era una Coupe Fuego roja en la que ella viajaba. Y que la figura tambaleante era la de un joven apuesto de pelo ligeramente batido, que avanzaba dificultosamente al tiempo que se tomaba el costado derecho de su torso con su mano izquierda.
De repente, Manuel se detuvo y cayó de rodillas, a unos pocos metros de donde su novia le devolvía la mirada. Una mirada llena de asombro y sufrimiento. Una mirada que sería la última que le devolvería a ese joven en su vida.
Súbitamente, un disparo quebró el ambiente y la cabeza del joven estalló en una gran llamarada roja. Y la voz de Francisca se desgarró en un escalofriante grito, lleno de horror e impotencia. Estiró su mano derecha hacia el cuerpo inerte de Manuel durante unos momentos, y luego dejó que caiga sobre el frío pavimento de la calle Primera Junta.
Francisca observó como los atacantes se acercaban como buitres carroñeros al cadáver de su novio. Distinguió sus pasamontañas azules y los parches con la bandera de Gran Bretaña en su hombro. Uno de ellos se acercó a la hermosa muchacha, que ahora, malherida, tosía revuelta en un charco de sangre. Lentamente la noche se hizo más oscura, las estrellas se apagaron y Francisca, lentamente, dejó de moverse, mientras perdía la conciencia…

10.10.10

Capítulo 6

Con Gastón hicimos lo que pudimos para frenar las hemorragias de Samuel. Pero necesitaba un médico con urgencia. La parte derecha de su cara sangraba profusamente y tengo la sospecha que su ojo no volverá a ser el mismo. Su hermano más pequeño estaba sentado a su derecha, rogando que volviera a la conciencia, mientras, escondidos en ese viejo galpón del aeródromo de Sunchales donde Samuel trabajaba, esperábamos una bendita señal que nos indicara que salir de allí no era caminar a una muerte segura.
Sentado en el piso engrasado del taller contemplaba mi auto, absorto en mis pensamientos. Mi pobre 128 lucía sus primeras cicatrices de guerra. Afuera, los tiros y las bombas sonaban en un concierto de lo más tétrico. ¿Por qué en Sunchales? Dios… los bombardeos sobre la ex Sancor podrían hasta ser vistos como blancos de oportunidad. Yo imaginaba que la fábrica se usaba con otros fines… pero… ¿Qué motivaba a una invasión sobre una ciudad tan alejada y poco relacionada con la guerra como ésta? En la capital de Santa Fe si había combates fuertes, ya que el puerto tiene un valor estratégico enorme… pero acá...
Tenía un nudo en la garganta. No podía dejar de pensar en mis amigos. No podía dejar de preocuparme por Jazmín… Pero sobre todas las cosas, estaba desesperado por saber cuál era la suerte de mi mamá. Necesitaba salir de acá lo antes posible.
“Gastón, voy a salir a buscar ayuda” dije, al tiempo que me levantaba. El hermano de Samu no respondía, estaba pálido y duro como una estatua al lado de su agonizante hermano. Tenía que hacer algo por Samuel, se lo debía.
Subí al auto, lo puse en marcha y salí a toda velocidad hacia la cuidad. Caía la noche sobre la ruta, y a lo lejos, las luces provocadas por los combates se fundían con los destellos de las estrellas. Aceleré todo lo que pude, rogando no encontrar ningún convoy armado en el camino.
Apenas unos minutos después llegué a la entrada de la cuidad. A medida que me acercaba, me sorprendí debido a que la frecuencia con la que oía ráfagas de disparos o explosiones era cada vez menor. Y realmente no comprendía si eso era bueno o malo… hasta que doblé en Yrigoyen y vi que, lo que antes era una ciudad, ahora era una ruina. Avancé dificultosamente entre los pedazos de concreto de los edificios que se esparcían por toda la calle y los pequeños focos de incendio que abundaban por doquier… sin embargo, no había un alma en las calles… y me estremecí pensando lo peor.
Traté de ir lo más rápido posible a mi casa. Cuando llegué, encontré la puerta violentada y abierta de par en par. Rápido como un rayo entré gritando el nombre de mi mamá. Corrí hasta el comedor. Y de repente, por ese instante, para mí los balazos cesaron, las explosiones se hicieron sordas, y los gritos se ahogaron.
Tendida sobre el parquet, rodeada por un halo de rojo, yacía mi madre. El lado izquierdo de su cara permanecía intacto, pero el derecho… "No, no, no" gimotié mientras, sin saber que hacía realmente, caí de rodillas a su lado y la acuné, como si de una niña se tratara, corriendo su sedoso pelo para cubrir la parte que su rostro que ya no existía. La luz de la luna que se filtraba por la ventana del comedor hacía que las pequeñas esquirlas de lo que fue alguna vez su cráneo brillaran como diamantes sobre su hombro. Y no tuve más remedio que llorar.

5.10.10

Capítulo 5

Ya hacía varios meses que Francisca residía en la pequeña casa situada en Juan B. Justo, a unas pocas cuadras de Avenida Gaona, en la localidad bonaerense Haedo. Gracias a su elocuente personalidad, no demoró demasiado en trabar nuevas amistades. Y gracias a su belleza inconmensurable, tampoco había tardado mucho en flechar el corazón de un joven estudiante de Ingeniería. De familia prominente, Manuel resultaba el complemento perfecto para una chica como Francisca: Esbelto, rubio de ojos claros, pelo ligeramente largo y algo batido, siempre vestido con ropa de marca y dueño de una Coupé Fuego roja que era la envidia del barrio. Pero, en contrapartida, era extremadamente vulnerable frente a la personalidad fuerte de Francisca, lo cual no era en absoluto un problema para ella...
“¡Eh, dominado!” solían vociferarle sus compañeros de cursada, en tono burlón. Tal vez esa fue la razón por la cual, en un intento por reafirmar su condición de “hombre duro”, comenzó a militar unos meses atrás en la Nueva Franja Roja, el partido político socialista que comenzaba a ganar terreno dentro de la Universidad Tecnológica Nacional.
Los años de represión política habían acabado con el traslado del conflicto a tierras continentales y la acción militar estaba concentrada en evitar la caída definitiva de la Capital Federal en manos de la OTAN. Sin embargo, a diferencia de cómo sucedía en los albores del conflicto, los voluntarios ya no se agolpaban de a cientos en las oficinas de reclutamiento con motivo de enrolarse en alguna de las Fuerzas Armadas y combatir contra el “enemigo exterior” (como muchos medios lo denominaban), ya que muchos lo consideraban un camino hacia una muerte segura; el Ejército contaba con armas anticuadas, que solían encasquillarse, escasas municiones, incluso, a veces, algunas divisiones de infantería debían reciclar los cascos de los soldados caídos para que usen los nuevos reclutas...
Así mismo, la repentina desaparición de las instituciones erigidas durante los años del régimen militar dejó huecos en la sociedad que muchas organizaciones comenzaron a ocupar. Y las emergentes agrupaciones de izquierda no se querían quedar atrás.
La Nueva Franja Roja comenzaba a ganar muchísimos adeptos entre la juventud, sobre todo en la Zona Oeste del Conurbano. Fuertemente armados y actuando con violencia desmedida, en gran parte fruto de los años de persecución sufrida durante el Proceso de Reorganización Nacional, se sospechaba que los guerrilleros de éste nuevo brazo armado recibía apoyo de las naciones que estaban del otro lado de la Cortina de Hierro, tanto en formación militar como en armamento. Su propaganda hacía de la invasión sobre Buenos Aires una lucha tripartita entre un Ejército Nacional diezmado que no puede proteger a la Nación de una Task Force británica profesional y bien organizada y ellos, que formaban una especie de “guerrilla definitiva” bajo la cual (en palabras de sus principales referentes) “…el Pueblo saldrá victorioso guiado por la mano del Socialismo”.
Francisca no veía con buenos ojos el hecho de que su pareja comenzara a involucrarse con el Partido Rojo pero no le daba gran importancia; sin embargo, los padres de la muchacha odiaban a su joven pareja a causa de su ideología. Por eso, ella se veía obligada a escapar de la casa de sus padres a menudo para poder verlo, aprovechando las misiones nocturnas de su padre.
Esa noche ella esperó a que madre se fuera a dormir. Su padre hacía dos días que se encontraba en la Base Aérea de Morón. La noche era calurosa pero caía una ligera llovizna, dejando sobre el pavimento una húmeda película que una Coupé Fuego roja convertía en spray con un paso raudo y veloz. Clavó los frenos y se detuvo frente a ella; la muchacha alcanzó a divisar que a dos cuadras venían dos autos más, a mucha velocidad…
Se acomodó en el asiento del acompañante sin mediar palabra y miró a su novio “Hola ¿no?” preguntó la hermosa joven. Manuel aceleró a fondo, sin apartar la mirada del espejo retrovisor y aún callado. “¿Qué te pasa nene? ¿Estás loco o no me vas a saludar?” recriminó Francisca.
“Perdoname. No tendría que haberte hecho venir ésta noche” le respondió, al borde de las lágrima.
Inmediatamente después, una sinfonía de balazos rompió el silencio de aquella noche de Enero en Haedo.

3.10.10

Capítulo 4

[…] Más allá de los planteos que se puedan desarrollar (sobre los motivos de la invasión a Malvinas), quedaba muy claro que el desgaste y la corrupción dentro del propio régimen castrense se hacía notar, con claros lazos de camaradería que primaban sobre la jerarquía propia del régimen militar. Un claro hecho de estos sucesos es la designación de Astiz al mando del grupo de infantería de marina que desembarcó en las Georgias llamado "Los Lagartos”. Fueron Astiz y Otero (comandante de transporte navales entre 1981 y 1982) quienes aceleraron las acciones militares de su campaña al sur de Teatro de Operaciones bajo la total autorización de Anaya y del Servicio de Inteligencia Navaldesoyendo las recomendaciones del Vicealmirante Lombardo, el jefe del Operativo Rosario, que, más cauto y previsor que sus colegas en armas, pretendía llevar a cabo la operación unos meses después (simbólicamente, Lombardo pretendía llevar a cabo la operación el 9 de Julio de 1982), dejando en evidencia que, a pesar de que Otero se encontraba por debajo en jerarquía militar que Lombardo (Otero era 10, Lombardo era 3 y Anaya era 1 en la estructura jerárquica de la Armada), la “camaradería de la ilegalidad” entre Anaya, Otero y Astiz (quienes habían sido compañeros en la ESMA y habían establecido lazos de sangre durante la "Guerra Sucia"), aún en detrimento de la autoridad jerárquica, fue determinante para sellar la suerte de la invasión en Malvinas[...].


[...]Lombardo, conciente de que las acciones sobre las Georgias podrían perjudicar sus planes sobre Malvinas, envió un comuncado a Anaya:
"Paremos el operativo Georgias. Puede arruinar toda la planificación de Malvinas"
Anaya contesó personalmente "No se preocupe, Georgias ha sido anulada". Nada mas falso. [...]


[...]También cabe destacar que Astiz era sospechado por llevar a cabo torturas y desapariciones por parte de las organizaciones de Derechos Humanos (las desapariciones de las monjas francesas y de Dagmar Hagelin), y que su designación en el operativo en las Georgias también pudo ser un intento por desplazarlo fuera de la mira de éstas acusaciones. […]


[...]Luego de los hechos acontecidos sobre la Ciudad de Buenos Aires en Junio de 1982, el desorden jerárquico castrense acabó dejando al país sin ningún tipo de orden, sentido jerárquico ni estructural gobernante. La disolución de la Junta Militar abandonó al Estado Argentino a su suerte; una suerte de total anarquía, donde un país entero sin cabeza embebido en un conflicto armado sin precedentes para la región quedaba al borde de la devastación absoluta. […]


[…] El bombardeo sobre la Cuidad de Buenos Aires no puede compararse con casi ningún hecho histórico previo, tanto sea por la imprevisión con la que se generó, como por la severidad y la violencia con la que se lo desarrolló. […] El pueblo salió a las calles a defender su Libertad tal como hicieron a principios de 1800. Y es por ello que el heroísmo mostrado por la sociedad argentina provocó sorpresa, admiración y elogio de parte de la comunidad internacional en aquel momento de incertidumbre, siendo vista como una visión moderna del pasaje bíblico entre David y Goliat. Pero también esa reacción fue caldo de cultivo de una realidad más atemorizante, cruel y devastadora, que llegaría al punto de dejar al país al borde de la muerte, cuando, finalmente, el Caudillismo establecido por las Fuerzas Armadas vea que, con la destrucción de las instituciones y un "orden social" claramente definido, se había provocado el surgimiento de varias decenas de cabezas mas. Y será entonces cuando comprendan lo mismo que entendió la OTAN en 1988: Que, tal como si de una Hidra de Lerna se tratase, cortar una cabeza significaba el surgimiento de dos más.[...]

Guillermo Roa, “Génesis de La Gran Guerra del Sur” (fragmentos)
Editorial Nuevo Planeta, 1992.