La lluvia caía copiosamente sobre la hierba del cementerio. Dejó las flores más hermosas que había encontrado en el puesto del florista sobre la tumba de su padre.
“Guillermo Roa. Te recuerdan tu esposa y tus hijos.
1945-1992”
Tal vez el llamado que había recibido esa mañana era una broma. ¿Porqué contactarlo telefónicamente para decirle que tenían que entregarle una carta? No tenía sentido… además, si había buscado el teléfono en la guía, también tendría la dirección. Es decir, podría haberle reenviado la carta de forma anónima… ¿Como dijo que se llamaba? ¿Simón o Samuel?
Su paraguas negro era su única protección contra el diluvio que comenzaba a anegar los terrenos de aquel lugar de descanso eterno. Miró su reloj de pulsera. Faltaban minutos para las cinco. En Recoleta, la luz comenzaba a menguar. ¿Recordás cuando pasaban tardes enteras charlando sobre aviones? Esa pasión que le daba a su trabajo, ese fuego interno que lo impulsaba a lograr lo que quería contagiaba inspiración. ¿Recordás el día de la partida, en el aeropuerto de Córdoba? Ese 737 despegando de Pajas Blancas que lo alejaría durante tantos años. Su exilio en Madrid. Y la explicación que nunca llegó. "¿Por qué te fuiste en aquel momento papá? ¿Por qué te fuiste ahora?"
-¿Es usted el señor Roa?
-Si, soy yo-contestó sin voltear. Lo había sorprendido la pregunta, pero intentó no reflejar su sobresalto.
Lentamente volteó para ver el rostro del recién llegado. Llevaba paraguas como él, y un sobretodo negro de excelente calidad. Además, le llamó la atención que llevaba un parche sobre uno de sus ojos y varias cicatrices cubrían su rostro, sin embargo, ello no dejaba de opacar cierta belleza que alguna vez tuvo.
- Gracias por venir. Mi nombre es Samuel Gamarra. Hace tiempo llegó una carta a mi nombre de parte de su padre. La verdad que quedé bastante sorprendido teniendo en cuenta que yo jamás tuve contacto con él. Solo pude reconocerlo por el libro…-comenzó a hurgar en uno de los bolsillos de su sobretodo -La abrí únicamente por curiosidad, le pido disculpas por ello –finalmente sacó el sobre, en perfectas condiciones, apenas un poco arrugado por efecto de la humedad del ambiente.
Reconoció la perfecta caligrafía de su padre, fruto de sus años de dibujo técnico en la facultad, mientras estudiaba ingeniería. Cuidadosamente, guardó el sobre en un bolsillo, mientras miraba extrañado a su interlocutor.
-En fin, creo que está en mejores manos y que tal vez usted le encuentre más utilidad que yo. -y sin mediar palabra alguna, se retiró hasta perderse entre la cortina de lluvia.
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