"Todo lo que el hombre hace a los animales, regresa de nuevo a él. Quien corta con un cuchillo la garganta de un buey y permanece sordo ante sus bramidos de temor, quien es capaz de matar impávido a un atemorizado cabrito y se come el pájaro, al que él mismo ha alimentado… ¿Cuán lejos está del crimen un hombre así?"
Pitágoras
Afuera el cielo estaba cubierto y oscuro. Libertad hace días que pasa las horas inmóvil, con los ojos vidriosos y la mirada perdida. Juraría que mira recuerdos, memorias del pasado, pero creo que ese soy yo. Sentado en el piso junto a mi mascota, en la puerta del la carpa de oficiales del ejército, no dejo de rememorar un solo detalle de la locura en la que se transformó mi vida en este último año. Alcanzo una vez más el cigarrillo a mis labios y nuevamente siento el pequeño tirón en la piel de mi hombro. Siete puntos fue el saldo de aquel balazo que recibí en la batalla del Puerto. Aquella nefasta batalla en la que algunos ganaron y otros perdieron. Donde ganamos una batalla perdida, comenzamos una contraofensiva impensable y arrastramos al enemigo directamente a las puertas del Infierno. En la que también perdimos. Perdimos amigos, hermanos… padres… Perdimos generales, capitanes, comandantes y cientos de soldados capaces y dignos. Perdimos héroes. Perdimos jóvenes. Algunos perdieron la cordura. Otros perdimos nuestra humanidad. La mayoría perdió la misericordia. Unos pocos perdieron sus miedos y otros los encontramos.
Cierro los ojos y los recuerdos surgen de un torbellino en mi mente. Las imágenes se entremezclan sin orden ni sentido, despertando sentimientos tan dispares y simultáneos como confusos. La imagen de mi padre alcanzado por las balas, los mates en el galpón con Guillermo, la madrugada que encontré a Libertad, el impacto del mortero donde perdí a mi compañía entera, la sonrisa de Jazmín, el fuego del Napalm y la sangre de mi madre. Recuerdo la noche del ataque a Sunchales, ese fatídico día de verano de 1986, como si hubiese sido ayer. Recuerdo cuando Guillermo me explicó que aquel ataque fue el peor error que cometió la OTAN en la ofensiva sobre el país, y su analogía con la plastilina, que cuanto más se estira, mas se afina, tal como le sucedió al ejército inglés. Muchas teorías dijeron que ese ataque fue un intento de cortar el abastecimiento de municiones a la cuidad de Santa Fe, interviniendo las vías del ferrocarril. Yo creo que todo se relacionaba más con el campo de entrenamiento militar soviético del que nadie se anima a hablar.
Exhalo el humo del cigarrillo lentamente, pero entre el flujo turbulento del resultado de la combustión del tabaco observo que una motocicleta se acerca. Bastante extraño teniendo en cuenta que son las 5 am del 25 de Diciembre de 1987. Pero es tiempo de paz... Gracias a nuestros generales recientemente designados como representantes del Nuevo Estado Mayor...
A pesar de las objeciones de muchos, el Nuevo Estado Mayor declaró una tregua entre el 23 y el 1ero en conjunto con la OTAN, una acción descabellada para mi gusto, estúpida desde lo estratégico e ilusa desde lo militar. ¿Tregua? No es más que darle la chance a los ingleses de rearmarse. Milicos políticos de mierda, como si las infelices almas de los que dieron sus vidas en éstos años fueran a descansar en paz por una puta ceremonia en su memoria, o si sus corazones dejaran de estar inquietos gracias a que los que aún viven pueden emborracharse hasta no poder quedar en pie celebrando una Navidad horrible en medio del monte santafesino, con una copa en una mano y un fusil en la otra. Son el conjunto de militares más inoperante que conozco. Ellos se merecerían estar en el frente peleando… hijos de puta…
A pesar de las objeciones de muchos, el Nuevo Estado Mayor declaró una tregua entre el 23 y el 1ero en conjunto con la OTAN, una acción descabellada para mi gusto, estúpida desde lo estratégico e ilusa desde lo militar. ¿Tregua? No es más que darle la chance a los ingleses de rearmarse. Milicos políticos de mierda, como si las infelices almas de los que dieron sus vidas en éstos años fueran a descansar en paz por una puta ceremonia en su memoria, o si sus corazones dejaran de estar inquietos gracias a que los que aún viven pueden emborracharse hasta no poder quedar en pie celebrando una Navidad horrible en medio del monte santafesino, con una copa en una mano y un fusil en la otra. Son el conjunto de militares más inoperante que conozco. Ellos se merecerían estar en el frente peleando… hijos de puta…
La motocicleta avanzaba con dificultad entre la tierra, que además de encontrarse blanda por la lluvia que se precipitó unas horas atrás, estaba llena de huellas producidas por las divisiones mecanizadas.
Cuando la motocicleta estaba a unos cincuenta metros, tomé mi FAL, tiré en cigarrillo, apunté con mi reflector de mano al vehículo y di la voz de alto. La motocicleta se detuvo, derrapando hacia un costado. Llevaba una bandera blanca atada y el escudo de Gran Bretaña pintada a un costado del tanque de combustible… Inmediatamente solté el reflector y apunté con el FAL, sorprendido y asustado. Eran dos. Ambos levantaron las manos en alto “¡Venimos en paz!” gritó uno con un fuertísimo acento inglés. Bajé lentamente el rifle, al tiempo que ellos descendían de la moto. Lentamente tomaron un paquete que llevaban en una de las valijas portaequipaje: era una caja blanca con moño rojo. Se acercaron lentamente hacia mí, dejaron la caja en el suelo, a unos quince metros de donde parado y dijeron con voz fuerte unas palabras en un español paupérrimo:
Cuando la motocicleta estaba a unos cincuenta metros, tomé mi FAL, tiré en cigarrillo, apunté con mi reflector de mano al vehículo y di la voz de alto. La motocicleta se detuvo, derrapando hacia un costado. Llevaba una bandera blanca atada y el escudo de Gran Bretaña pintada a un costado del tanque de combustible… Inmediatamente solté el reflector y apunté con el FAL, sorprendido y asustado. Eran dos. Ambos levantaron las manos en alto “¡Venimos en paz!” gritó uno con un fuertísimo acento inglés. Bajé lentamente el rifle, al tiempo que ellos descendían de la moto. Lentamente tomaron un paquete que llevaban en una de las valijas portaequipaje: era una caja blanca con moño rojo. Se acercaron lentamente hacia mí, dejaron la caja en el suelo, a unos quince metros de donde parado y dijeron con voz fuerte unas palabras en un español paupérrimo:
-“Feliz Navidad. Es un obsequio de la Corona, señal de paz y humanidad con los argentinos”-
-“Llevatelo, no queremos nada de ustedes.”- respondí, con voz fuerte.
-“Pero, es buena fe. Ser un postre de paz”- abrió el paquete, dejando ver una torta bastante apetitosa a la vista.
-“Me importa un carajo que sea un postre de paz y prosperidad con chispitas de chocolate. Llevátelo y metételo en el orto”- grité.
Pero, haciendo oídos sordos a mi orden, los visitantes se estaban retirando. A mi lado escuché que Libertad se paraba y comenzaba a gruñir. Eché una ojeada a su pelaje negro que brillaba, erizado completamente mientras que el gesto de su boca dejaba a la vista sus dientes. Nunca lo había visto así y realmente me daba algo de miedo su reacción. Entonces levanté la vista para ver que la motocicleta, que se alejaba a toda velocidad emulando el camino con el que había llegado. Y comprendí que todo era una trampa más que obvia. Levanté el FAL apuntando hacia la motocicleta, dando nuevamente la voz de alto. Mientras tanto, distinguí una mancha negra que pasaba a toda velocidad a mi lado. Libertad hundió su hocico en el pastel y arrancó de su interior un objeto negro que no llegué a distinguir, pero dadas las circunstancias era imaginable que era. Grité para que volviera, pero sin darle respuesta a mi alarido, comenzó a correr desesperadamente hacia las afueras del campamento mientas yo permanecía completamente inmóvil sin saber qué hacer.
Todo fue en unos segundos.
Y así, ante mi sorprendida mirada, aquel perro negro demostró que el valor y la entrega no es solo una característica inherente a los seres humanos. Porque si la lealtad es la máxima expresión del amor sincero, al punto de entregar la vida por el ser amado, Libertad me demostraba a cada zancada desesperada con la que se alejaba, que un animal es capaz de amar tanto o más que un humano. Y quién diga lo contrario no sabe lo que es amar.
Todo fue en unos segundos.
Y así, ante mi sorprendida mirada, aquel perro negro demostró que el valor y la entrega no es solo una característica inherente a los seres humanos. Porque si la lealtad es la máxima expresión del amor sincero, al punto de entregar la vida por el ser amado, Libertad me demostraba a cada zancada desesperada con la que se alejaba, que un animal es capaz de amar tanto o más que un humano. Y quién diga lo contrario no sabe lo que es amar.
El estruendo despertó a todo el campamento. La bomba hubiera sido capaz de matar a toda la cúpula de oficiales de la II Brigada del Ejército. Y de ésta manera, Libertad pasó a ser un nombre más dentro de la lista de héroes anónimos que probablemente nunca lleguen a ser reconocidos, pero que siempre habitarán en los corazones de quienes conocieron la grandeza de sus actos.
Solo que ésta vez, yo mismo me aseguraría que su sacrificio sea debidamente pagado. Sea como sea.