NOTA

Es muy importante tener en cuenta que para poder entender de manera correlativa los hechos puede ser necesario respetar el orden de salida de las notas desde la mas vieja a la mas nueva. De ésta manera, se podrá armar la historia de manera mas coherente. Sin embargo, ésta es una humilde recomendación del redactor que queda sujeta a la aceptación del lector.

Enjoy!

14.1.11

Capítulo 23


"La única verdad es la realidad."
Aristóteles

El libro estaba cubierto de una fina capa de polvo. Sopló ligeramente y una pequeña nube se desplegó frente a él. Estornudó.
"Que pelotudo" masculló.
Tomó el libro, se sentó en una banqueta austera y comenzó a hojearlo.
Típico. Grabados, fotos, hojas amarillentas y con los bordes doblados. Miró el año de edición. 1903.
Avanzaba mirando los dibujos, que tenían poco detalle y eran bastante grotescos. Varios mapas ilustraban el desvencijado libro.
Súbitamente, dio con la carátula de un mini cuadernillo oculto dentro del libro. Remarcada aparecían las palabras: Familia Orellana.
Comenzó a leer en detalle las notaciones. Las tres hojas estaban completamente escritas. En la hoja dos había una especie de organigrama... era un árbol genealógico de los Orellana. Pero el mismo era encabezado por un nombre llamativo: Thomas Alexander Cochrane. Y más curioso era el nombre de la persona con la que estaba ligada: María Graham. La palabra "Amantes" figuraba escrita a un lado, subrayada en rojo.

Tal parecía que la familia Orellana había tenido participación activa dentro de la Historia Argentina desde el mismísimo nacimiento de la Patria, pero en un rol bastante sobrio. Dentro de su genealogía aparecían apellidos destacados del ámbito político local del S. XIX y las notaciones en los márgenes indicaban amistades con personajes como Sarmiento o Alvear.
"Que curioso" murmuró. "En el libro de papá no aparece nada de esto... Parece material bastante íntegro para un libro." Conociendo a su padre, era inevitable sospechar que algo importante había encontrado. Entonces miró nuevamente la puerta que no coincidía con el marco de manera correcta y luego arrastró su mirada a la habitación, completamente desordenada. Finalmente, posó sus ojos en la carta... y recordó el miedo de su padre por la información que había descubierto...
Cansando de tanto pensar y frustrado por encontrar más dudas que respuestas, decidió salir a tomar un poco de aire.
La  madrugada era fría, pero no lo suficiente considerando que son los últimos días de Agosto. Sin embargo, el cielo estaba completamente cubierto y los relámpagos amenazaban con una terrible tormenta. La brisa ayudaba a la reflexión, mientras comenzaba a caminar por la calle Núñez sin rumbo preciso.

Orellana... El apellido no es demasiado resonante dentro de la historiografía Argentina... sin embargo, le parecía conocido de algún lado… y aquella relación con Cochrane... ¿Que podía tener de particular?

Su profesor de Historia del secundario le había hablado de Cochrane. Lo recordaba como si fuera ayer. Porque su profesor Anibal Acquafresca tenía esa capacidad de contar la historia como un cuento y lograba que sus alumnos captaran el conocimiento de manera tal que no lo liberaran jamás.
Según rememoraba, Cochrane había tenido injerencia en la Emancipación Americana. Una participación por demás activa. Era inglés y era marinero, de los más astutos que existieron... sin embargo sus actos podrían considerarse como vandálicos y por eso muchos no dudaban de tildarlo como un corsario pirata. Estaba enfrentado con San Martin por cuestiones inherentes a la liberación de Perú. En Chile era recordado con empatía. Y no recordaba mucho más... Era momento de comenzar a investigar.

De repente oye un ruido. Mira su reloj de pulsera. Son las 3am. ¿Quién carajo puede estar en la calle a ésta hora? Mira a sus espaldas. El fogonazo contrasta con la oscuridad de la calle y el balazo impacta directamente contra una baldosa. Su ritmo cardíaco estalla en una estampida galopante, mientras que sus glándulas suprarrenales segregan elevados niveles de adrenalina a su torrente sanguíneo. Su sistema nervioso, estimulado por las descargas sinápticas provocan que su instantánea reacción sea correr en dirección contraria a su agresor. Pero su sangre fría pudo determinar que su acción más inteligente sería girar a cada esquina y tratar de regresar a la casa que fue de su padre. Se oyeron dos detonaciones más, pero no se detuvo a ver donde impactaban.
Apenas llega a la puerta de la casa, y luego de entrar y cerrarla, busca con qué bloquearla. Ve una heladera vieja y desvencijada juntando polvo en un rincón olvidado de la despensa. Perfecta.
La adrenalina y los nervios hacían que el peso del electrodoméstico no fuera problema y en cuestión de segundos, la puerta estaba bloqueada.
Entonces, se acerca al árbol genealógico de nuevo y lee el nombre que cerraba la escala, debajo de todos los demás:
Teniente General Hernán Raúl Orellana, Director General de Inteligencia del Ejército Argentino.
Sus temores se habían confirmados. Su padre no había fallecido por accidente. Aquel best seller comercial no era lo que Guillermo Roa había escrito. No era más que una mentira atroz, un engaño a su memoria.
Y ahora su hijo sabe más de lo que debe.

12.1.11

Capítulo 22


"El secreto de la existencia no consiste solamente en vivir, sino en saber para que se vive."
Fiodor Dostoievski

Me acomodé la falda al tiempo que cruzaba el umbral que daba entrada a Siddharta. Las pocas horas de sueño me estaban jugando una mala pasada y los párpados me pesaban de tanto llorar, pero había sido llamada al lugar por él.
Caminé con seguridad ingresando al lugar. Según me comentaron los que me trasladaron en el jeep, el sitio había sido un famoso boliche que con la guerra habría devenido en un bar de mala muerte, donde se trataban toda clase de negocios sucios, arreglos turbios, venta de drogas, planeamientos de atentados e incluso asesinatos magnicidas.
Los rostros voltean constantemente al notar mi presencia, aunque mi vestimenta no es tan sugerente… o tal vez si? Imaginé la opinión de mi papá, pero nuevamente un nudo en la garganta me impidió respirar y decidí dejar mi mente lo más en blanco que pudiera. No puedo mostrar debilidad...nunca...
Con sutileza y tratando de mantener la naturalidad, me paseo entre las mesas mientras el sonido dulce de un blues comienza a resonar el ambiente. La sensación de decenas de ojos sobre mi comienza a crispar mis nervios. Alcanzo una mesa vacía, me siento y lentamente dejo que las estrofas que reza el cantante comiencen a apoderarse de mí…

“…Mi amor, la libertad es fanática;
ha visto tanto hermano muerto,
tanto amigo enloquecido,
que ya no puede soportar
la pendejada de que todo es igual,
siempre igual, todo igual, todo lo mismo...”

Sentado sobre una banqueta, arriba del escenario, cada nueva frase que entonaba llevaba una pincelada de la melancolía que su triste corazón destilaba a cada momento. 
Detrás de sus lentes oscuros, el Indio había seguido con sus ojos el camino de la rubia muchacha cuya presencia derrochaba belleza. Parecía estar rodeada por ese halo de femineidad que logra hacer que todos los hombres presentes se vean obligados a voltearse para caer rendidos ante su divina figura. Como si se tratara de un ángel. Un ángel con un demonio habitando dentro.
Cada nueva nota arrastraba su mente entre observaciones en directo, vivencias, escenas y recuerdos. Pero siempre acababan en Su rostro. No el de la muchacha rubia que lentamente caía rendida a los pies de su cansancio. Tampoco el de las otras que habían en Siddharta. Mucho menos de las otras que habitaban en su mente. Sino en el de Ella…
Ese tormentoso recuerdo... ese puñal clavado en el pecho de su esposa... y esa frase escrita con su sangre aún húmeda en la pared de yeso…
“viva la revolución”
Los siguió por doquier. Sabía quiénes eran. Dos espías de segunda que creían que su acción ablandaría su persona. Que lograrían que se quebrara su ideología. Pero no… nunca fue así… y lejos de abandonar la lucha, terminó por dejar de clamar por paz y finalmente decidiera inclinarse por las armas.
Así, el Indio juró que iba a conseguir lo que muchos buscaron pero no pudieron alcanzar. ¿Venganza? No, la venganza es una respuesta sentimental, un estímulo natural lejano a la razón. Él iba a encontrar Justicia. Él lucha por la Libertad.


Ella no busca lo mismo. Busca otra cosa.
Castigo.
Devolver el dolor que le causaron. Ella merece ese placer, esa dicha. Ella ya pagó su estadía en el Infierno. Ahora les toca a ellos.
Aún la asolan las pesadillas donde las bestias se arrojan sobre ella. Siente como su corazón galopa cuando una voz masculina suena en la oscuridad. Tiembla ante la cercanía de un hombre, cualquiera sea. Y a veces despierta llorando ante el realismo de la proyección que su cerebro genera, donde los sesos de aquel jóven se despegan del cráneo con estremecedora violencia.
¿Quién te quitará tan terrible pena hijita?
Vos estás muerto Papá.
Sigo vivo en vos.
No.
ESTÁS MUERTO.
El reflejo de sus ojos tristes la miraban desde los lentes negros.
“Rubia… hubo un ataque en El Palomar… tu familia… fueron héroes…” Sí, todos son héroes. Pero de qué sirve? Si están todos están muertos.
“CONTESTAME!! DE QUE SIRVE EL HEROÍSMO? No es más que uno de esos valores devaluados, que vos como un idiota defendés y que solo sirve para que  te recuerden con una medalla de mierda y tu nombre grabada en placas de bronce o mármol!!"
La despertó moviéndole con suavidad el hombro. De repente, sus párpados revelaron sus enormes ojos azules.
“Vamos.”

Bajaron del Jeep. Los escoltas se quedaron arriba del auto de custodia y quedaron ellos dos solos. Las pocas luces que iluminaban el camino despedían una pálida luz amarillenta que le daban un aire muy lúgubre a la caminata por la costanera de La Plata. El silencio era tan tenso daba una sensación de materialidad, como si fuese una tela que podía ser cortada con un cuchillo...
“Cuando comenzó todo esto no sabíamos que podíamos perder… ahora me doy cuenta que no sabemos todo lo que podemos ganar. Hoy día somos la organización paramilitar más grande del globo. Tenemos colaboración desde las FARC hasta Sendero Luminoso. Los días de La Junta Coordinadora Revolucionaria terminaron. Ahora somos más poderosos. Hace rato no es necesario que tomemos regimientos para abastecernos. Es más, el Ejército Argentino, ese mismo que nos perseguía hace apenas unos diez años, ahora corre solicitándonos auxilio…”
“No entiendo por qué me contás esto ni por qué me tiene que importar…”
“Rubia, tenemos el mundo a nuestros pies. El Nuevo Ejército Revolucionario del Pueblo es el futuro. Y vos, al ser parte de esto, sos parte del futuro…”
Francisca guardó silencio…
“Sé lo que te pasa en la cabeza.”
“No, no sabés nada.”
“Ellos también me quitaron mucho.”
“No tanto como a mí.”
“Tal vez. Pero gracias a tu novio, ahora tenemos el poder de cambiarlo todo. Y creeme que van a cosechar los vientos que sembraron. Las tempestades que desataron ya son imposibles de detener...”
La brisa que soplaba, las estrellas del cielo y la hermosura de los ojos de la muchacha formaba el contraste perfecto al horror que se desataría apenas unas horas después de la pronunciación de esas palabras. Y la guerra no sería la misma.

8.12.10

Capítulo 21



"La civilización no suprimió la barbarie; la perfeccionó e hizo más cruel y bárbara."
Voltaire

Los arrastré tomándolos del cabello, dominado por una furia asesina. Los pateé. Uno de ellos quiso tirarme al piso, tomándome con ambas manos del tobillo. Solté al otro y de un puñetazo en la nariz le quebré el tabique.
El barro estaba mezclado con la sangre de las heridas que les había propinado con la ráfaga de balas de 7.62mm que había escupido mi FAL unos instantes antes. La motocicleta se incendiaba, seguramente mientras el combustible de su depósito comenzaba a arder.
Ambos se retorcían en el suelo, aullando de dolor. Yo caminaba pesadamente hacia donde descansaba un bidón de nafta. Lo tomé, caminé sobre mis pasos mientras destapaba el bidón y tomé al que tenia la nariz sana del cuello, apoyándolo contra el barro. Rocié su rostro con el combustible, mientras aullaba de dolor al tiempo que el abrasivo líquido se filtraba en sus ojos, en su boca...
Disfrutaba de su sufrimiento, de su dolor; cada trago de carburante que tragaba era acercarlo un paso más al abismo donde se merecía estar.
Arrojé a un costado el bidón vacío y nuevamente lo golpee en el rostro con violencia. Cada vez que levantaba mi puño la ira que descargaba retroalimentaba mi odio, mi furia, mi sed de venganza. Mientras, su voz se apagaba de a poco. Sin embargo, los alaridos persistían. Vi que el otro se movía y gritaba de dolor. Me desquiciaba. Sin dudarlo un momento, solté al que estaba lleno de nafta que gemía apenas conciente, y me acerqué a su compañero. Aún no estaba satisfecho. Aún merecían más. Mucho más.
Con mi mano derecha desenfundé el cuchillo que siempre llevaba en mi cinturón, mientras con la izquierda abría su boca. Vi como comenzaba a asomar su lengua y sin dudarlo, de un limpio corte, se la arranqué. La sangre comenzó a salir a chorros, salpicando mi rostro y pecho. Sonreí socarronamente...
- ¿NO MÁS GRITOS? ¡GRITÁ AHORA HIJO DE PUTA!-
Ya no pensaba. Solo sentía. Me dejaba llevar.
Esto es lo que se merecen. Se lo merecen.
Saqué de mi bolsillo el encendedor.
Una chispa fue suficiente.
Fue suficiente para todo.
Levanté la vista y vi a todo el campamento como me devolvían una mirada estupefacta, disfrutando del show que éste oficial del Ejército Argentino brindaba, torturando salvajemente a dos soldados británicos en lo que sería un tiempo de tregua.
Como les brindaba como regalo de Navidad un espectáculo lleno de morbo, salvajismo y atrocidad.
Merecida.
¿O no?
¿Acaso no eran hombres?
No, eran animales.
¿Y yo que soy entonces?
¿No soy igual?
No.

Hoy soy peor.

25.11.10

Capítulo 20


"Todo lo que el hombre hace a los animales, regresa de nuevo a él. Quien corta con un cuchillo la garganta de un buey y permanece sordo ante sus bramidos de temor, quien es capaz de matar impávido a un atemorizado cabrito y se come el pájaro, al que él mismo ha alimentado… ¿Cuán lejos está del crimen un hombre así?"
Pitágoras

Afuera el cielo estaba cubierto y oscuro. Libertad hace días que pasa las horas inmóvil, con los ojos vidriosos y la mirada perdida. Juraría que mira recuerdos, memorias del pasado, pero creo que ese soy yo. Sentado en el piso junto a mi mascota, en la puerta del la carpa de oficiales del ejército, no dejo de rememorar un solo detalle de la locura en la que se transformó mi vida en este último año. Alcanzo una vez más el cigarrillo a mis labios y nuevamente siento el pequeño tirón en la piel de mi hombro. Siete puntos fue el saldo de aquel balazo que recibí en la batalla del Puerto. Aquella nefasta batalla en la que algunos ganaron y otros perdieron. Donde ganamos una batalla perdida, comenzamos una contraofensiva impensable y arrastramos al enemigo directamente a las puertas del Infierno. En la que también perdimos. Perdimos amigos, hermanos… padres… Perdimos generales, capitanes, comandantes y cientos de soldados capaces y dignos. Perdimos héroes. Perdimos jóvenes. Algunos perdieron la cordura. Otros perdimos nuestra humanidad. La mayoría perdió la misericordia. Unos pocos perdieron sus miedos y otros los encontramos.
Cierro los ojos y los recuerdos surgen de un torbellino en mi mente. Las imágenes se entremezclan sin orden ni sentido, despertando sentimientos tan dispares y simultáneos como confusos. La imagen de mi padre alcanzado por las balas, los mates en el galpón con Guillermo, la madrugada que encontré a Libertad, el impacto del mortero donde perdí a mi compañía entera, la sonrisa de Jazmín, el fuego del Napalm y la sangre de mi madre. Recuerdo la noche del ataque a Sunchales, ese fatídico día de verano de 1986, como si hubiese sido ayer. Recuerdo cuando Guillermo me explicó que aquel ataque fue el peor error que cometió la OTAN en la ofensiva sobre el país, y su analogía con la plastilina, que cuanto más se estira, mas se afina, tal como le sucedió al ejército inglés. Muchas teorías dijeron que ese ataque fue un intento de cortar el abastecimiento de municiones a la cuidad de Santa Fe, interviniendo las vías del ferrocarril. Yo creo que todo se relacionaba más con el campo de entrenamiento militar soviético del que nadie se anima a hablar.
Exhalo el humo del cigarrillo lentamente, pero entre el flujo turbulento del resultado de la combustión del tabaco observo que una motocicleta se acerca. Bastante extraño teniendo en cuenta que son las 5 am del 25 de Diciembre de 1987. Pero es tiempo de paz... Gracias a nuestros generales recientemente designados como representantes del Nuevo Estado Mayor...
A pesar de las objeciones de muchos, el Nuevo Estado Mayor declaró una tregua entre el 23 y el 1ero en conjunto con la OTAN, una acción descabellada para mi gusto, estúpida desde lo estratégico e ilusa desde lo militar. ¿Tregua? No es más que darle la chance a los ingleses de rearmarse. Milicos políticos de mierda, como si las infelices almas de los que dieron sus vidas en éstos años fueran a descansar en paz por una puta ceremonia en su memoria, o si sus corazones dejaran de estar inquietos gracias a que los que aún viven pueden emborracharse hasta no poder quedar en pie celebrando una Navidad horrible en medio del monte santafesino, con una copa en una mano y un fusil en la otra. Son el conjunto de militares más inoperante que conozco. Ellos se merecerían estar en el frente peleando… hijos de puta…
La motocicleta avanzaba con dificultad entre la tierra, que además de encontrarse blanda por la lluvia que se precipitó unas horas atrás, estaba llena de huellas producidas por las divisiones mecanizadas.
Cuando la motocicleta estaba a unos cincuenta metros, tomé mi FAL, tiré en cigarrillo, apunté con mi reflector de mano al vehículo y di la voz de alto. La motocicleta se detuvo, derrapando hacia un costado. Llevaba una bandera blanca atada y el escudo de Gran Bretaña pintada a un costado del tanque de combustible… Inmediatamente solté el reflector y apunté con el FAL, sorprendido y asustado. Eran dos. Ambos levantaron las manos en alto “¡Venimos en paz!” gritó uno con un fuertísimo acento inglés. Bajé lentamente el rifle, al tiempo que ellos descendían de la moto. Lentamente tomaron un paquete que llevaban en una de las valijas portaequipaje: era una caja blanca con moño rojo. Se acercaron lentamente hacia mí, dejaron la caja en el suelo, a unos quince metros de donde parado y dijeron con voz fuerte unas palabras en un español paupérrimo:
-“Feliz Navidad. Es un obsequio de la Corona, señal de paz y humanidad con los argentinos”-
-“Llevatelo, no queremos nada de ustedes.”- respondí, con voz fuerte.
-“Pero, es buena fe. Ser un postre de paz”- abrió el paquete, dejando ver una torta bastante apetitosa a la vista.
-“Me importa un carajo que sea un postre de paz y prosperidad con chispitas de chocolate. Llevátelo y metételo en el orto”- grité.
Pero, haciendo oídos sordos a mi orden, los visitantes se estaban retirando. A mi lado escuché que Libertad se paraba y comenzaba a gruñir. Eché una ojeada a su pelaje negro que brillaba, erizado completamente mientras que el gesto de su boca dejaba a la vista sus dientes. Nunca lo había visto así y realmente me daba algo de miedo su reacción. Entonces levanté la vista para ver que la motocicleta, que se alejaba a toda velocidad emulando el camino con el que había llegado. Y comprendí que todo era una trampa más que obvia. Levanté el FAL apuntando hacia la motocicleta, dando nuevamente la voz de alto. Mientras tanto, distinguí una mancha negra que pasaba a toda velocidad a mi lado. Libertad hundió su hocico en el pastel y arrancó de su interior un objeto negro que no llegué a distinguir, pero dadas las circunstancias era imaginable que era. Grité para que volviera, pero sin darle respuesta a mi alarido, comenzó a correr desesperadamente hacia las afueras del campamento mientas yo permanecía completamente inmóvil sin saber qué hacer. 
Todo fue en unos segundos.
Y así, ante mi sorprendida mirada, aquel perro negro demostró que el valor y la entrega no es solo una característica inherente a los seres humanos. Porque si la lealtad es la máxima expresión del amor sincero, al punto de entregar la vida por el ser amado, Libertad me demostraba a cada zancada desesperada con la que se alejaba, que un animal es capaz de amar tanto o más que un humano. Y quién diga lo contrario no sabe lo que es amar.
El estruendo despertó a todo el campamento. La bomba hubiera sido capaz de matar a toda la cúpula de oficiales de la II Brigada del Ejército. Y de ésta manera, Libertad pasó a ser un nombre más dentro de la lista de héroes anónimos que probablemente nunca lleguen a ser reconocidos, pero que siempre habitarán en los corazones de quienes conocieron la grandeza de sus actos.
Solo que ésta vez, yo mismo me aseguraría que su sacrificio sea debidamente pagado. Sea como sea.

21.11.10

Capítulo 19


"La penicilina se descubrió por casualidad, el Napalm no."
Jaume Perich

-¡¡VIVA LA PATRIA CARAJO!! ¡¡GLORIA O MUERTE MUCHACHOS!!- Mi grito enfervorizado, cargado de adrenalina, bronca y pasión, buscaba desesperadamente alentar a los muchachos que montaban sobre sus cabezas orgullosamente aquellos antiguos cascos M-1, vestían ropas de denim gastado y sucio y respondían fielmente a mis órdenes. -¡¡VAMOS MIS SOLDADOS DE HIERRO!! ¡¡DEFENDAMOS A LA REPÚBLICA MIERDA!!-
En el frente combatimos encarnizadamente el fuego inglés, mientras una y otra vez nos vemos obligados a retroceder, fallando en nuestro intento desesperado de mantener nuestras posiciones y retener la soberanía sobre el Puerto. El fragor de la batalla se hace cada vez más envolvente, cada vez más intenso y el enemigo nos está haciendo trizas, de a poco, como si los disfrutara, como si gozara de ese placer morboso. Pero necesitamos mantener la posición sobre el puente, sino, todo nuestro esfuerzo será en vano... Por el momento podemos oponerle una dura, tenaz y sangrienta resistencia… ¿Por cuánto tiempo más?
- TENEMOS QUE REPLEGARNOS YA, YA, YA- le aúllo a mi Subteniente. Entonces oigo un nuevo zumbido cerca de mi cabeza; una bala me susurra al oído el llamado de la muerte. Pero ésta vez no fue gratis. La quemazón se empezó a extender por todo mi hombro izquierdo. Llevé mi mano derecha a la zona de la quemazón. Lo toqué y luego miré mi mano, teñida de rojo. Estaba herido, pero no era grave, aún podía mover el brazo.
Explosión. Otra más. Todo se llenó de arena cuando las esquirlas desgarraron los bolsones que nos servían de contención. Los morteros no nos dejan salir de los pozos de zorro. Un poco más a la derecha, nuestra MAG no para de vomitar fuego mientras arroja rondas y rondas de proyectiles 7.62 contra las líneas enemigas, una y otra vez, certera y mortalmente. Miré la caja de municiones. Quedaban apenas 2.  “Mierda” pensé… a este ritmo, en 20 minutos nos van a destrozar. -¿¿Y EL APOYO AÉREO??- reclamo, desesperado al operador de radio. –MENOS DIEZ MINUTOS Y CONTANDO- fue la respuesta.
El polvo de las explosiones no me deja ver con claridad y el calor del FAP con el que azoto las filas enemigas me hace sudar. -FUERZA SOLDADOS ¡PATRIA O MUERTE!- vociferé firme y virilmente. Disparo una nueva ráfaga que alcanza a un soldado británico a lo lejos. Cae muerto en el instante. De reojo, miro a mi izquierda. Agachado, cubierto por un camión volcado, distingo a mi viejo. Hace un gesto. ¿Es a mí? Si, es a mí. Levanta su brazo con la palma abierta y lo mueve repetidas veces de adelanta hacia atrás. Cierra el puño y sin bajar el brazo lo mueve de arriba hacia abajo. Vení rápido.
-CABO, TOME MI POSICIÓN INMEDIATAMENTE-  El cabo primero Dominguez, que responde con vehemencia al fuego enemigo acata inmediatamente a la llamada -LO CUBRO SEÑOR- dijo y sin más, tomó el FAP y continuó con la odisea. El objetivo: No retroceder, no ceder ni un metros más de lo que hemos avanzado. Esa es nuestra premisa fundamental, el pilar de nuestro orgullo, aún cuando el cálculo dice que nos deben superar en 15 a 1. Pero son demasiados y creo que no vamos a resistir un ataque frontal. Dónde mierda está el apoyo aéreo…
Tomé mi FAL y comencé a correr de forma desesperada, semi agachado, a campo través, directo hacia donde se cubría mi padre. Sentía el polvo que levantaban los impactos de bala contra el suelo y los zumbidos de los proyectiles que buscaban enterrarse en mi cráneo. En el brazo izquierdo comenzaba a sentir un hormigueo... Creo que la herida es mas grave de lo que pensé.
Trastabillando, me puse a cubierto en un cráter del concreto e intenté retomar el aliento. Faltaban unos pocos metros… BROOMM! Una nueva explosión. Pero ésta vez fue exactamente donde me encontraba segundos atrás, donde se encontraban mis soldados…
-¡¡DIOS MIO!! ¡¡HIJOS DE PUTA!!- Mi mente queda en blanco, el mismo blanco de la nube de polvo que lo cubre todo, todo lo que era y que ahora… ahora es nada... pero ahora nada me importa más que esos chicos, esos chicos que necesitan auxilio ahora –¡¡¡NECESITAMOS AUXILIO AHORA!!!- Ahora, en éste instante. Aunque ya no haya nada que hacer. Aunque sepa que estan todos muertos. Todos.
Rogando por el milagro, comenzé a correr de nuevo hacia donde estaban como alma que lleva el Diablo al más oscuro de los Infiernos… aunque sospecho que el Diablo se encargó de traernos el Infierno a la Tierra. Cuesta imaginarse ahora algo peor.
Sin embargo, la realidad supera a la imaginación, y cuando todo parece que no puede empeorar, cuando parece que no hay nada que perder, cuando ya no hay nada que cambiar... es cuando mi padre grita desgarradamente, cuando volteo y distingo el casco del Capitán García que vuelta por los aires al tiempo que el rostro de su portador se tuerce en una mueca horrorosa, cuando su torso estalla, alcanzado por un proyectil de un 30mm, provocando que todo a su alrededor bañe de sangre, dejando solo retazos de un cuerpo que se desploma sobre la banquina de la Ruta Nacional Nº1 y un hijo atónito, que observa como impunemente el pequeño helicóptero Scout que emitió el disparo huye en búsqueda de la un nuevo blanco.
-¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!- mi corazón se desangró en ese alarido desmedido, lleno de incredulidad y estupefacción, mientras me lanzaba  a la carrera hacia el cuerpo destrozado de mi padre.
La sangre brotaba de su boca, el estómago ya casi no existía y las convulsiones atroces hacían de su agonía una última tortura, tal vez la peor. Caí de rodillas a su lado, me quité el FAL del hombro y lo arrojé a un costado. Observé a mi agonizante progenitor que me miraba y balbuceaba. Distinguí algo de lo que me decía:
–…te amo hijo. Defendenos…-
Entonces, con último estremecimiento que se extendió por todo su desgarrado cuerpo, expiró.
Miré al oficial más cercano y levanté mi mano, con el puño cerrado y el índice extendido, haciendo círculos en el aire. Retirada inmediata al próximo Punto de Contención. Estábamos perdidos.
Y se sucede el milagro: el suelo comienza a temblar, los tiros cesan y el inconfundible sonido de las turbohélices de los IA-58 Pucará suena sobre el campo de batalla como una fanfarria triunfal, acompañada por los atronadores estallidos de la carga explosiva que lanzan uno a uno sobre el enemigo, diezmándolo… replegándolo… destrozándolo... Los alaridos desesperados y el olor a carne quemada, fruto de la combustión del Napalm, se combinaban para brindabar un terrorífico espectáculo de muerte. Pero es tal lo que se merecen.
Esto es la guerra. Y recién comienza. Santa Fe no va a caer, así como tampoco la Nación Argentina. Te lo juro papá. Te lo juro.