NOTA

Es muy importante tener en cuenta que para poder entender de manera correlativa los hechos puede ser necesario respetar el orden de salida de las notas desde la mas vieja a la mas nueva. De ésta manera, se podrá armar la historia de manera mas coherente. Sin embargo, ésta es una humilde recomendación del redactor que queda sujeta a la aceptación del lector.

Enjoy!

28.9.10

Capítulo 3

La mañana sobre la cuidad santafesina de Sunchales resultaba muy agradable, aunque un tanto calurosa para mi gusto. El sol brillaba fuerte sobre mi nuca mientras luchábamos junto con Samuel por terminar de poner a punto el motor del 128. La potenciación resultó en un verdadero rompedero de cabezas para nosotros dos; ya era el segundo día que el auto fallaba, a pesar de nuestros esfuerzos. Ayer me chamusqué las cejas gracias a una bendita contra-explosión del carburador y Samuel se había abierto una herida fea en la mano cuando estaba tratando de volver a colocar el radiador.
“Ya va a arrancar, vos quedate tranquilo…” me repetía sin cesar, intentando calmar mi ansiedad devenida en ira al finalizar, sin éxitos, el día de ayer. “Mañana vas a ver que arranca.” aseguró. “Espero…sino lo prendo fuego…” respondí.
El cromo de los carburadores 40-40 brillaba, reflejando la luz del sol de mediodía. Me senté en el asiento del conductor con una sensación que oscilaba entre frustración y duda. Introduje la llave y la puse en posición de contacto. Tomé aire y cerré los ojos al tiempo que giraba la llave de ignición del motor…
De repente el rugido inundó el ambiente como un trueno. ¡Había arrancado al fin! Abrí los ojos para ver la cara de felicidad de Samuel a través del parabrisas. La ansiedad comenzaba a hacer efecto en mí al tiempo de que mis manos temblaban de felicidad, mientras oía el irregular ralentí, producto del gran cruce de árbol de levas. “¡Dale boló, salgamos a dar una vuelta!” exclamó Samu, lleno de júbilo, al tiempo que se adueñaba del asiento del acompañante.
Puse primera y comencé a soltar lentamente el embrague, pero la potencia del motor no pudo evitar mostrarse violentamente. “¡Ah la mierda, como anda esto!” exclamé, entusiasmado. Al cabo de unas cuadras logré dominar a duras penas a mi rabioso corcel mecánico.
“¿Che, vamos a la placita a comer algo? Porque tengo un hambre…” La propuesta de Samu no era para nada descabellada, así que luego de dar unas vueltas más, fuimos hacia la plaza; en el camino, compramos queso, fiambre y pan en un almacén para hacer unos sándwiches.
Era sábado y la gente copaba el lugar. A pesar de que muchos eran socios de los clubes de la ciudad (Libertad y Unión), la presencia de una feria americana había convertido la plaza en epicentro casi obligatorio de los paseos familiares del fin de semana. Sentados en un banco bajo un roble, disfrutaba de mi bien merecido almuerzo sin que nada pudiera afectar mi estado de felicidad. Hasta que la vi… tan linda como siempre… y caminando de la mano con otro…
“¿Y? ¿Le diste el peluche el otro día para el cumpleaños?” preguntó Samu. Me sonreí.
“Se… Yo no se porqué me pasan esas cosas… Parecía súper contenta, las cosas venían bien… le di el peluche y desde ese día no me dio mas bola” respondí con resignación. “La verdad que no entiendo porqué tengo tanta mala suerte”.
“Y bue boló. Capaz que no era para vos…”. Y cambió de tema “Che ¿Vamos a la ruta a probar la máquina? Yo también quiero probar el mío… le puse unas sorpresitas… jejeje”
“Dale… ¿Que le hiciste ahora?” contesté, nuevamente sonriente. Él, haciéndose el desentendido, corrió hacia mi auto.
Samuel era un misterio para mí. Apenas si sabía que era cordobés y que era mecánico. Siempre tuvimos buena onda, desde que nos conocimos en las picadas de la ruta, un año atrás, cuando llegó con su Chevy V8, una verdadera bestialidad. Dentro de poco se iría a Santa Fe, respondiendo a la carta que lo citaba para unirse al ejército como mecánico. Por eso, pretendía disfrutar de sus últimos días en la cuidad.
Pasamos rápidamente por su taller, buscó su Chevrolet y a su hermano menor, para luego ir como rayos hacia la ruta.
Desde el comienzo de los bombardeos que destruyeron la fábrica de armas montada en secreto en la ex Sancor, ya nadie circulaba por la 34. Apenas un esporádico camión de alimentos, o un auto familiar que viniera de Rafaela. Para nosotros era un paraíso de velocidad, donde nadie nos controlaba.
Frené al lado un cartel indicador de velocidad máxima, punto de partida de nuestra improvisada pista de carrera. Dos kilómetros más adelante, la meta.
Samuel frenó a mi lado. Su hermano descendió: era el largador. “Tres… dos… uno… ¡Ya!” En una fracción de segundo puse primera, apreté el acelerador y comenzé a pelear con el volante. ¡Era increíble la fuerza del motor! Sin embargo, Samu no se que daba atrás…
Durante esos instantes, el mundo se comenzó a hacer borroso y los sonidos a mi alrededor habían desaparecido reemplazados por el bramido de los motores… Cuando sin previo aviso, mi parabrisas estalla alcanzado por balazo. Instintivamente clavo los frenos y alcanzo a ver que el Chevy amarillo de Samuel hace lo mismo, sorprendido por el repentino ataque.
"¿¿Que carajo...??" mascullé. Fue entonces que escuché una ráfaga mas de disparos seguidos del estampido de un neumático; atónito, observé como el Chevrolet cambiaba su trayectoria hacia la derecha y, un instante después, comenzaba a dar tumbos sobre el pavimento. A la derecha, a pesar de que el sol me encandilaba, alcancé a ver de reojo varios helicópteros enormes, con sogas colgando y las sombras de los soldados agresores.
Detuve el Fiat y bajé a la carrera. Oía zumbar los disparos mientras corría desesperado hacia el auto de Samuel. Entre los fierros retorcidos alcancé a divisar a su piloto, sangrando profusamente en la cabeza y apenas conciente. La jaula antivuelco y el cinturón de seguridad lo salvaron del impacto, pero ahora la amenaza eran las balas. Como pude, a la rastra  y aún a riesgo de lastimarlo más, saqué al malherido cordobés de los restos humeantes de lo que había sido su más preciado bien. Con una fuerza que no era propia en mí, alcancé a meter a Samuel violentamente en el asiento trasero, y, a toda velocidad corrí hacia la puerta del conductor. Las balas seguían impactado contra el lateral de mi pobre auto, que sin reproches, arrancó al primer golpe de llave y, quemando caucho, aceleré a tope, con rumbo a donde nos esperaba el hermano de mi mal herido compañero. ¿Estábamos perdidos?

25.9.10

Capítulo 2

Francisca, esa rubia debilidad. Sus ojos claros destellantes y su cuerpo de modelo parecían darle las llaves para tener el mundo a sus pies. Claro que con apenas 19 años recién cumplidos ella no era consciente del potencial de sus características. Por ese entonces, ella estaba más preocupada por conocer cuál sería la próxima colección de Versace para el invierno de 1987 o en que aerolínea podría viajar a Brasil durante el receso escolar.
Era el último día de clases de la primera mitad del año. “¡Finalmente vacaciones!” Exclamó con una sonrisa en el rostro.
Era una hermosa tarde. Los alumnos se agolpaban sobre la vereda del “Nuestra Señora del Huerto”, uno de los colegios privados más exclusivos de Jesús María. “Que hermoso día para ir al parque a tomar cerveza…” fue la propuesta que salió de su boca. Y nadie se atrevió a refutarla… porque si Francisca lo decía, eso era lo que se hacía.
Tenía esa divina cualidad, el carisma para lograr que nadie ponga reparos a sus propuestas. O a sus caprichos. Su capacidad para convencer a la gente era tan hipnótica que lograba cosas que para otro sería imposible, y que combinada con su perfecta femineidad le permitía vivir de una aparente burbuja donde el conflicto armado que se desarrollaba en su país no podía ingresar. La guerra le era indiferente, le parecía que era muy lejana. En Córdoba hubo incidentes, pero el grueso del Ejército y de la Fuerza Aérea estaba a escasos kilómetros de Jesús María, por lo cual la cuidad era para sus habitantes una suerte de fortín.
La tarde se desarrollaba plácidamente. Nada alteraba la normalidad de aquel día. A pesar de que era invierno, el día era cálido, casi primaveral. Y él la esperaba en la esquina de siempre. Y ella, sabiendo aprovechar la situación, fue a su encuentro con un abrazo. Lo besó en la mejilla y le pidió su chocolate diario. La escena se repetía a diario, él la invitaba al café al que ella solo había accedido la primera tarde en la que se vieron, pero ella rechazaba la invitación; sin embargo, lo hacía tan dulcemente que lograba atraparlo otra vez. Él solo tenía ojos para ella.
Se despidieron luego de caminar abrazados las 3 cuadras que la separaban de la casa. Él la besó en la mejilla tiernamente. Ella se mostró alagada pero impasible.
Entró a su casa y el teléfono sonó. Seguramente era Estela. “Hola gorda, ¿cómo estás?” se escucha salir del tubo. “Hola Este… ¡tanto tiempo!” bromeó Francisca. Habían salido del colegio hacía apenas unas pocas horas. “¿Llegaste entera?” recibió como respuesta, con sorna. “No seas boba, somos solo amigos con Mauricio”. La verdad era que ella sabía que no eran amigos. Pero le daba pena dañar esa relación… ¿O era que le gustaba jugar con los sentimientos de él? Era una extraña sensación de poder que sentía. Como si pudiera dominarlo a su antojo.
Ella nunca le daría la chance de ser algo más. Pero le gustaba que él gustara de ella. ¿Era crueldad eso? No, no lo era. Ellos eran amigos y nada más.
La noche caía sobre la ciudad. Francisca oyó la llegada del auto, señal de que la charla con su amiga del alma debía terminarse. Colgó el teléfono y fue hacia el comedor, mientras la puerta del frente se abría y sus padres irrumpían la paz del hogar con el ritmo frenético de los gritos de la discusión que sostenían.
Alterada por los el ruido y la desesperación reflejada en la voz de su madre, Francisca fue a su encuentro para encontrarla en el Living de la casa, llorando desconsoladamente.
“¿¿Qué pasó??” preguntó, desconcertada por la situación.
“Juntá todo. Me citaron como piloto y me transfirieron a la Base de Morón. Salimos mañana” le contestó con voz lúgubre su padre.  Atónita y con incipientes lágrimas brotando en sus ojos, estuvo por largos segundos mirando a su padre. “Juntá todo. Es una orden”. Y su hija obedeció.

21.9.10

Capítulo 1

El molesto despertador me hace saltar de la cama. Tanteando en la oscuridad atiné a apagarlo. “En cinco minutos suena de nuevo… cinco minutos más…”
Nuevamente suena el despertador. Pero… ¡Dale! ¡No pudieron pasar ni loco 5 minutos! Listo, lo apago de nuevo. Diez minutitos mas...
Y otra vez suena el muy maldito. ¡Basta!
Con todo el mal humor que se puede tener me levanté. Sin embargo, mi cerebro no se digna a arrancar. Me quedo sentado uno, dos, cinco minutos más mirando la mismísima nada. “Ya te parecés al 128” le digo en voz alta a mi propio cerebro. Y de repente, como si ese pensamiento fuese un detonador, me pongo en marcha al fin.
La luz me enceguece cuando abro la ventana de la cocina. Bah, de lo que queda de la cocina. Estos inglesitos de mierda no paran de tirar sus bombas y mi vieja ya no da a basto para limpiar el descontrol que se genera cuando parte del revoque del techo se desprende, presa de las vibraciones, o cuando el polvo llena la casa de tierra. Sin embargo la venimos sacando barata. Y de repente, se me hace un nudo en la garganta cuando miro por la ventana.
Los Martinez no fueron tan afortunados. La casa de enfrente, que en otras épocas era la más linda del barrio, ahora es una pila de escombros.  El bombardeo sorpresa de hace dos meses nos dejó a todos mal parados. Nadie en su sano juicio hubiese previsto que Sunchales podría convertirse en zona de guerra. Por eso, mientras caían las primeras bombas, nos quedamos como estatuas sin saber qué hacer. Los Martinez no fueron distintos al resto, solo que la suerte no estuvo con ellos. La bomba mató a los 4 integrantes de la familia. Nadie pudo hacer nada...
Y de nuevo siento esa ira irrefrenable que corre dentro de mí como un veneno, inundando cada célula de mi cuerpo. ¿Por qué no me dejan unirme a la milicia? Siento la necesidad de hacer algo por mi país. O sea, estudiar está bien. Es para mi futuro... pero, a éste ritmo, mi futuro se va a ir a la mierda por una bomba, un tiro, o Dios sabe qué. Además, los rusos los preparan bien a los pibes. Al menos, les dan armas que no se encasquillan, no como los FAL del ejército que tienen más años que la injusticia. Y por lo que me contaron, en cualquier momento consiguen traerse un par de Antiaéreos… Ja! Ahí si la van a pasar mal los Yankees…
En eso escucho que mamá abre la puerta de entrada. Llegaba con varias bolsas del almacén. “¿Te caíste de la cama?” me pregunta, extrañada y con cara de cansada, dejando las bolsas sobre la mesada. “No jodas mamá, tengo cosas que hacer” le contesté de mal modo. “Bajá el tonito conmigo pendejo eh! Más respeto que soy tu madre…”. Lo peor es que tiene razón. Pero la bronca que siento desde hace días no deja de hacer efecto en mi. Me muerdo la lengua para no contestar y pongo la pava para prepararme un café. La luz que entraba por la ventana hacía que la casa pareciera mas lúgubre que de costumbre y que el polvo pareciera más denso de lo habitual. Apenas divisaba las últimas hojas del calendario feo de 1985 entre tanto polvo, y eso que no estaba a mas de 4 metros.
“Ezequiel...¿a dónde vas que te levantaste a ésta hora?” me pregunta, con un tono que oscila entre amenazador y preocupado. “Te dije que tengo cosas que hacer” repetí, impasible. “Si yo te vuelvo a ver cerca del campamento de la milicia te castro, ¿Entendiste?” me dice mi vieja y agrega “…si tu padre no te agarra antes…”
Terminé el café, me vestí y salí. Caminé las 15 cuadras que me separaban del campo de preparación Ruso. Me quedé mirando durante 2 horas detrás del alambrado de la puerta de entrada, juntando el valor para cruzarla. Y me volví a casa. Mamá me estaba esperando con la comida lista. A la tarde tengo que arreglar el auto, que desde hace unos días pierde aceite y no sé de donde, además de cambiarle el cable del acelerador. Con un poco de suerte, este fin de semana por fin lo pongo en marcha, porque quiero terminarlo antes que termine el verano. Creo que la guerra no es para mí...

20.9.10

Prólogo

Se levantó esa mañana a las seis, como siempre. Luego de salir del baño, caminó pesadamente hacia la puerta del departamento. Tomó el Clarín del día y se dirigió al comedor, mientras afuera recién amanecía. Se oía el viento soplando fuerte. “Ya llegó de nuevo el frío de mierda” pensó. Lo detestaba desde pequeño. Y odiaba a esos que dicen “Pero del frío te empilchás y zafás! Del calor no…”. Tal vez tuvieran razón pero aborrecía admitirlo. Ella estaba poniendo la pava para hacer el mate, tan hermosa como siempre. Porque si había algo de lo que él se sentía tremendamente orgulloso, era de ella. Despeinada, con el camisón largo descocido, con los ojos entrecerrados y bostezando, a él le parecía mas linda que nunca. ¿Cómo pudo ella enamorarse de un pobre taxista? Habiendo tantos otros con mas dinero, mas estudio… “Pero ninguno me vio nunca como me viste vos” le contestó cuando en plena discusión le planteó por única vez aquel delirio que atormentaba su cabeza desde que le dio ese el primer beso que dio vuelta su vida para siempre.
Sin mas remedio, tuvo que responder a ese fuerte impulso de besarla como nunca lo había hecho. “¿Y eso que fue?” le preguntó, con una sonrisa asomando, mezcla de alegría y desconcierto. “No tiene todo que tener un porqué” le contestó, sonriendo también. Después de todo, no dejaba de ser cierto, no todo tiene una razón de ser. ¿O si?.
Aún con una sonrisa en los labios, se sentó en una de sus sencillas sillas de mimbre que decoraban su comedor. Mientras comenzaba a hojear el diario, leía los titulares sin dejar de sentir una mezcla agridulce de orgullo con alegría y de pena con horror. Era un extraño cruce de sentimientos, que solo puede despertarse en tiempos donde el sentido común no prevalece, la irracionalidad toma la escena, donde el salvajismo del hombre sale a la luz de la manera mas cruel. Solo la guerra podía despertar esos sentimientos tan dispares; y no solo en un individuo, sino en una sociedad entera.
Sus ojos vagaban entre las líneas del diario sin encontrar donde descansar. Finalmente cerró el diario, y se dedicó a contemplarla a ella unos instantes antes de partir.
“¿Que te pasa hoy? Estás muy… raro” le dijo, extrañada.
“No se, tengo una sensación especial, como si algo distinto fuera a pasar hoy.”
“Son los nervios amor. Falta poco ya. En unos días vamos a tener la escritura y todo va a estar bien” le contestó ella.
“Eso espero” respondió y suspiró.
Tomó un último mate, la besó nuevamente y se dirigió a la puerta. Bajó y cruzó la calle hacia el estacionamiento, para, una vez mas, subir a su taxi y salir a ganarse el día.
Manejaba lento, sobre la derecha. Encendió la radio, para escuchar las noticias. “… de junio de 1982, la mañana está fría sobre Buenos Aires…”. De repente, un sonido invadió sus oídos…” ¡Ultimo momento! ¡Atentado a la flota inglesa en Gibraltar! Se presume que en la emboscada, la armada inglesa ha perdido al menos 4 buques. Máxima tensión internacional y fuertes presiones sobre la Junta del Gobierno para conocer la responsabilidad Argentina sobre el ataque… ”. No escuchó nada más, no porque no quisiera, sino por el ensordecedor sonido que tronó sobre la ventosa mañana de la ciudad.
Miró hacia el cielo sorprendido. A pesar del frío y el viento, ni una nube cubría el cielo azul. Un trueno no podía haber provocado semejante estruendo.
Sin previo aviso, otro atronador sonido inundó el ambiente, acompañado por un ligero temblor del pavimento de Alvarez Thomas. Sin pensarlo, dobló en Olleros y estacionó su Peugeot 504. Salió del auto al mismo tiempo que se oían dos, tres, cuatro impactos. El suelo temblaba cada vez más. Corrió nuevamente a la intersección de Alvarez Thomas con Olleros, y miró hacia su derecha. A lo lejos se divisaba una negra columna de humo. Se podía identificar claramente la silueta a contraluz de las aeronaves inglesas. Los temblores eran tan fuertes que algunas mamposterías ya no podían soportar y se derrumbaban. Bajó la vista unos momentos para presenciar, desde una vista de protagonista, como un colectivo de la línea 140 golpeaba fuertemente en la trompa a un Fiat 125 que, en su afán por esquivar una rama caída, quedó cruzado en la avenida.
Instintivamente, se hizo presente donde se había producido el choque, en un intento desesperado por ayudar a los accidentados. El pánico reinaba en las calles, los árboles temblaban, los autos chocaban y las sombras de los enormes bombarderos Avro Vulcan de la RAF se hacían cada vez más negras, más nítidas, más tenebrosas, como enormes aves de rapiña sobre una pobre víctima que, repentinamente y sin posibilidad de escape, se encontró acorralada para ser devorada por las esquirlas, el fuego, los escombros y el calor del principio del fin.-