La mañana sobre la cuidad santafesina de Sunchales resultaba muy agradable, aunque un tanto calurosa para mi gusto. El sol brillaba fuerte sobre mi nuca mientras luchábamos junto con Samuel por terminar de poner a punto el motor del 128. La potenciación resultó en un verdadero rompedero de cabezas para nosotros dos; ya era el segundo día que el auto fallaba, a pesar de nuestros esfuerzos. Ayer me chamusqué las cejas gracias a una bendita contra-explosión del carburador y Samuel se había abierto una herida fea en la mano cuando estaba tratando de volver a colocar el radiador.
“Ya va a arrancar, vos quedate tranquilo…” me repetía sin cesar, intentando calmar mi ansiedad devenida en ira al finalizar, sin éxitos, el día de ayer. “Mañana vas a ver que arranca.” aseguró. “Espero…sino lo prendo fuego…” respondí.
El cromo de los carburadores 40-40 brillaba, reflejando la luz del sol de mediodía. Me senté en el asiento del conductor con una sensación que oscilaba entre frustración y duda. Introduje la llave y la puse en posición de contacto. Tomé aire y cerré los ojos al tiempo que giraba la llave de ignición del motor…
De repente el rugido inundó el ambiente como un trueno. ¡Había arrancado al fin! Abrí los ojos para ver la cara de felicidad de Samuel a través del parabrisas. La ansiedad comenzaba a hacer efecto en mí al tiempo de que mis manos temblaban de felicidad, mientras oía el irregular ralentí, producto del gran cruce de árbol de levas. “¡Dale boló, salgamos a dar una vuelta!” exclamó Samu, lleno de júbilo, al tiempo que se adueñaba del asiento del acompañante.
Puse primera y comencé a soltar lentamente el embrague, pero la potencia del motor no pudo evitar mostrarse violentamente. “¡Ah la mierda, como anda esto!” exclamé, entusiasmado. Al cabo de unas cuadras logré dominar a duras penas a mi rabioso corcel mecánico.
“¿Che, vamos a la placita a comer algo? Porque tengo un hambre…” La propuesta de Samu no era para nada descabellada, así que luego de dar unas vueltas más, fuimos hacia la plaza; en el camino, compramos queso, fiambre y pan en un almacén para hacer unos sándwiches.
Era sábado y la gente copaba el lugar. A pesar de que muchos eran socios de los clubes de la ciudad (Libertad y Unión), la presencia de una feria americana había convertido la plaza en epicentro casi obligatorio de los paseos familiares del fin de semana. Sentados en un banco bajo un roble, disfrutaba de mi bien merecido almuerzo sin que nada pudiera afectar mi estado de felicidad. Hasta que la vi… tan linda como siempre… y caminando de la mano con otro…
“¿Y? ¿Le diste el peluche el otro día para el cumpleaños?” preguntó Samu. Me sonreí.
“Se… Yo no se porqué me pasan esas cosas… Parecía súper contenta, las cosas venían bien… le di el peluche y desde ese día no me dio mas bola” respondí con resignación. “La verdad que no entiendo porqué tengo tanta mala suerte”.
“Y bue boló. Capaz que no era para vos…”. Y cambió de tema “Che ¿Vamos a la ruta a probar la máquina? Yo también quiero probar el mío… le puse unas sorpresitas… jejeje”
“Dale… ¿Que le hiciste ahora?” contesté, nuevamente sonriente. Él, haciéndose el desentendido, corrió hacia mi auto.
Samuel era un misterio para mí. Apenas si sabía que era cordobés y que era mecánico. Siempre tuvimos buena onda, desde que nos conocimos en las picadas de la ruta, un año atrás, cuando llegó con su Chevy V8, una verdadera bestialidad. Dentro de poco se iría a Santa Fe, respondiendo a la carta que lo citaba para unirse al ejército como mecánico. Por eso, pretendía disfrutar de sus últimos días en la cuidad.
Pasamos rápidamente por su taller, buscó su Chevrolet y a su hermano menor, para luego ir como rayos hacia la ruta.
Desde el comienzo de los bombardeos que destruyeron la fábrica de armas montada en secreto en la ex Sancor, ya nadie circulaba por la 34. Apenas un esporádico camión de alimentos, o un auto familiar que viniera de Rafaela. Para nosotros era un paraíso de velocidad, donde nadie nos controlaba.
Frené al lado un cartel indicador de velocidad máxima, punto de partida de nuestra improvisada pista de carrera. Dos kilómetros más adelante, la meta.
Samuel frenó a mi lado. Su hermano descendió: era el largador. “Tres… dos… uno… ¡Ya!” En una fracción de segundo puse primera, apreté el acelerador y comenzé a pelear con el volante. ¡Era increíble la fuerza del motor! Sin embargo, Samu no se que daba atrás…
Durante esos instantes, el mundo se comenzó a hacer borroso y los sonidos a mi alrededor habían desaparecido reemplazados por el bramido de los motores… Cuando sin previo aviso, mi parabrisas estalla alcanzado por balazo. Instintivamente clavo los frenos y alcanzo a ver que el Chevy amarillo de Samuel hace lo mismo, sorprendido por el repentino ataque.
"¿¿Que carajo...??" mascullé. Fue entonces que escuché una ráfaga mas de disparos seguidos del estampido de un neumático; atónito, observé como el Chevrolet cambiaba su trayectoria hacia la derecha y, un instante después, comenzaba a dar tumbos sobre el pavimento. A la derecha, a pesar de que el sol me encandilaba, alcancé a ver de reojo varios helicópteros enormes, con sogas colgando y las sombras de los soldados agresores.
"¿¿Que carajo...??" mascullé. Fue entonces que escuché una ráfaga mas de disparos seguidos del estampido de un neumático; atónito, observé como el Chevrolet cambiaba su trayectoria hacia la derecha y, un instante después, comenzaba a dar tumbos sobre el pavimento. A la derecha, a pesar de que el sol me encandilaba, alcancé a ver de reojo varios helicópteros enormes, con sogas colgando y las sombras de los soldados agresores.
Detuve el Fiat y bajé a la carrera. Oía zumbar los disparos mientras corría desesperado hacia el auto de Samuel. Entre los fierros retorcidos alcancé a divisar a su piloto, sangrando profusamente en la cabeza y apenas conciente. La jaula antivuelco y el cinturón de seguridad lo salvaron del impacto, pero ahora la amenaza eran las balas. Como pude, a la rastra y aún a riesgo de lastimarlo más, saqué al malherido cordobés de los restos humeantes de lo que había sido su más preciado bien. Con una fuerza que no era propia en mí, alcancé a meter a Samuel violentamente en el asiento trasero, y, a toda velocidad corrí hacia la puerta del conductor. Las balas seguían impactado contra el lateral de mi pobre auto, que sin reproches, arrancó al primer golpe de llave y, quemando caucho, aceleré a tope, con rumbo a donde nos esperaba el hermano de mi mal herido compañero. ¿Estábamos perdidos?