Ya hacía varios meses que Francisca residía en la pequeña casa situada en Juan B. Justo, a unas pocas cuadras de Avenida Gaona, en la localidad bonaerense Haedo. Gracias a su elocuente personalidad, no demoró demasiado en trabar nuevas amistades. Y gracias a su belleza inconmensurable, tampoco había tardado mucho en flechar el corazón de un joven estudiante de Ingeniería. De familia prominente, Manuel resultaba el complemento perfecto para una chica como Francisca: Esbelto, rubio de ojos claros, pelo ligeramente largo y algo batido, siempre vestido con ropa de marca y dueño de una Coupé Fuego roja que era la envidia del barrio. Pero, en contrapartida, era extremadamente vulnerable frente a la personalidad fuerte de Francisca, lo cual no era en absoluto un problema para ella...
“¡Eh, dominado!” solían vociferarle sus compañeros de cursada, en tono burlón. Tal vez esa fue la razón por la cual, en un intento por reafirmar su condición de “hombre duro”, comenzó a militar unos meses atrás en la Nueva Franja Roja, el partido político socialista que comenzaba a ganar terreno dentro de la Universidad Tecnológica Nacional.
Los años de represión política habían acabado con el traslado del conflicto a tierras continentales y la acción militar estaba concentrada en evitar la caída definitiva de la Capital Federal en manos de la OTAN. Sin embargo, a diferencia de cómo sucedía en los albores del conflicto, los voluntarios ya no se agolpaban de a cientos en las oficinas de reclutamiento con motivo de enrolarse en alguna de las Fuerzas Armadas y combatir contra el “enemigo exterior” (como muchos medios lo denominaban), ya que muchos lo consideraban un camino hacia una muerte segura; el Ejército contaba con armas anticuadas, que solían encasquillarse, escasas municiones, incluso, a veces, algunas divisiones de infantería debían reciclar los cascos de los soldados caídos para que usen los nuevos reclutas...
Así mismo, la repentina desaparición de las instituciones erigidas durante los años del régimen militar dejó huecos en la sociedad que muchas organizaciones comenzaron a ocupar. Y las emergentes agrupaciones de izquierda no se querían quedar atrás.
Francisca no veía con buenos ojos el hecho de que su pareja comenzara a involucrarse con el Partido Rojo pero no le daba gran importancia; sin embargo, los padres de la muchacha odiaban a su joven pareja a causa de su ideología. Por eso, ella se veía obligada a escapar de la casa de sus padres a menudo para poder verlo, aprovechando las misiones nocturnas de su padre.
Esa noche ella esperó a que madre se fuera a dormir. Su padre hacía dos días que se encontraba en la Base Aérea de Morón. La noche era calurosa pero caía una ligera llovizna, dejando sobre el pavimento una húmeda película que una Coupé Fuego roja convertía en spray con un paso raudo y veloz. Clavó los frenos y se detuvo frente a ella; la muchacha alcanzó a divisar que a dos cuadras venían dos autos más, a mucha velocidad…
Se acomodó en el asiento del acompañante sin mediar palabra y miró a su novio “Hola ¿no?” preguntó la hermosa joven. Manuel aceleró a fondo, sin apartar la mirada del espejo retrovisor y aún callado. “¿Qué te pasa nene? ¿Estás loco o no me vas a saludar?” recriminó Francisca.
“Perdoname. No tendría que haberte hecho venir ésta noche” le respondió, al borde de las lágrima.
Inmediatamente después, una sinfonía de balazos rompió el silencio de aquella noche de Enero en Haedo.
NO!!!!!!!!!!!!!!!!!
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