NOTA

Es muy importante tener en cuenta que para poder entender de manera correlativa los hechos puede ser necesario respetar el orden de salida de las notas desde la mas vieja a la mas nueva. De ésta manera, se podrá armar la historia de manera mas coherente. Sin embargo, ésta es una humilde recomendación del redactor que queda sujeta a la aceptación del lector.

Enjoy!

17.10.10

Capítulo 9

Hacía mucho frío. El ambiente olía mal, con esa característica mezcla de humedad y vejez, polvo y olvido. El silencio era solo quebrado por el sonido de llaves y cerraduras, que resonaban multiplicadas por cientos, por miles de veces, como si las penas del lugar fueran potentísimos amplificadores.
Estaba sentada en el suelo, aún dormida. El pecho solía presentarle súbitas ráfagas de dolor. Sus ojos habían perdido su jovialidad, pero detrás de la venda que los cubría, nada importaba. Nada. No tenía conciencia si afuera era de día o de noche, si era verano o invierno, si llovía o estaba soleado. No sabía cuánto tiempo había pasado desde esa noche de Enero. Su recuerdo era tan vívido… el sonido del proyectil surcando el aire, cortándolo como si se tratara de una tijera cortando seda… y el tiempo se paralizaba en su mente en el momento donde aquel cuerpo inerte, víctima del impacto, caía infinitamente, con las lágrimas brotando de sus ojos, con su mano tomándose el torso, y con el miedo reflejándose en su mirada. Eternamente.
Despertó gritando, con su voz quebrada en un llanto desgarrador. Esas pesadillas no la abandonarían jamás. Ella lo sabía. Pero el dolor era muy fuerte. Demasiado.
Oyó las voces de sus captores que se acercaban, alertados por su grito. O, a juzgar por su tono de voz, fastidiados por su grito. El fuerte estruendo de la puerta al abrirse resonó en todo el recinto. Comenzó a sollozar más débilmente. El miedo llenaba su cuerpo. Comenzaba a temblar.
Francisca distinguió dos o tres voces, hasta que el duro impacto de un puño contra la parte derecha de su cabeza la dejó completamente aturdida. El aullido de su grito resonó amplificado en todas las celdas. Su cuerpo salió despedido por el impacto y golpeó contra el suelo de cemento secamente. Un zumbido agudo resonaba dentro de su cráneo, anulando sus sentidos, mientras una mano fuerte apretaba duramente su brazo izquierdo y tiraba de él, arrastrándola por el piso. Aunque la venda le impedía verlo, sentía como su piel se raspaba, se cortaba, se quemaba producto de la fricción con el cemento mientras era tironeada por sus captores. No tenía fuerzas para forcejear. Estaba muy débil, tanto como para no llegar siquiera a ponerse de pie. Sintió de repente como su cabeza era levantada del piso cuando otro de sus captores tironeaba de su rubio cabello, que aún conservaba su belleza de antaño. Y fue entonces que comprendió que estaba perdida, que de nada servía gritar ni rezar, que nada de lo que hiciera podría impedir que esos bastardos soltaran sus pechos, impedir que desgarraran su blusa, impedir que su falda cediera… Los golpes no cesaban mientras la poseían brutalmente, mientras llegaban donde ella misma se había preocupado porque nadie llegara. Intentaba zafar sus piernas, pero ellos eran demasiado fuertes. Sus pequeños puños surcaban el aire, propinando imprecisos golpes sin sentido, ya que no lograban frenar el movimiento animado de las caderas de sus atacantes, no lograba frenar sus descargas, hasta la última gota. Una y otra vez. Una y otra vez… Fuertemente aturdida debido a la tremenda golpiza que le propinaban mientras continuaban con su ruin festín, aullaba y lloraba, rogando por alguien que la auxiliara. Sus gritos desquiciaron a uno de ellos, que buscando una manera de saciar sus ansias y callarla a la vez, intentó acceder a su boca. Entonces, ella, presa de la desesperación, mordió con todas sus fuerzas. Y el grito, por ese instante, mutó en un alarido grave, impropio de una mujer. Francisca sonrió por un momento, hasta que un nuevo golpe sobre su rostro hizo que su visión, obstruida por aquella venda, se llenara de estrellas. Estrellas que finalmente se apagaron, dejando un cielo profundamente negro ante sus ojos.

Y ya no había más dolor.

Ya no había más nada.

Solo estaba él, llamándola.

Le extendió su mano.

Pero ella no la tendió.

Y entonces él desapareció.






Despertó. Ultrajada. Su cuerpo lleno del fluido aún tibio de sus violadores. Tosió fuertemente. Escupió sangre. Pero eso no era sangre. Era odio. Sus arterias estaban llenas de eso.
Francisca, esa rubia debilidad. La de ojos claros destellantes y cuerpo de modelo, la que tenía las llaves para tener el mundo a sus pies, había muerto. Ahora, en ese cuerpo, una nueva persona había nacido. Ya nada volvería a ser igual.

2 comentarios:

  1. wow tin.... me quede sin palabras...

    besos alby!!

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  2. Igual................juro que me senti mal por un momento....queria pegarles....

    Besossss al autor....y a la comentarista ANONIMA de Alby....

    Los quieroooo

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