NOTA

Es muy importante tener en cuenta que para poder entender de manera correlativa los hechos puede ser necesario respetar el orden de salida de las notas desde la mas vieja a la mas nueva. De ésta manera, se podrá armar la historia de manera mas coherente. Sin embargo, ésta es una humilde recomendación del redactor que queda sujeta a la aceptación del lector.

Enjoy!

14.10.10

Capítulo 8

Arranqué violentamente la cruz que colgaba de su pecho, y la encerré en mi puño, que aún se convulsionaba con cada sollozo que emitía, mientras seguía tratando en vano de abandonar el asombro y el dolor. Nada de lo que hiciera podría devolverla.
Nada.
Era como si un gélido viento polar soplara por mi interior. Sentía como si me hubieran removido los órganos, como si no tuviera nada en mi pecho. Solo dolor… pena… frustración… impotencia…
Perdí la noción del tiempo. No sé cuánto tiempo hace que estoy sentado allí a su lado. Y, de repente, comprendí todo. Comprendí que, más allá de las peleas que entablábamos, más allá de que me molestara muchas de sus actitudes, más allá de que jamás la comprendiera, la amaba desde lo más profundo de mi corazón. Que ella siempre fue la única. Que solo ella me quería tal como era. Y que ya no estaría nunca más a mi lado.
Fue entonces cuando la mutación se sucedió. Todo el profundo dolor que sentía se convirtió en odio. Un odio visceral que nunca hubiese creído sentir, que me hacía temblar y cerrar el puño hasta llegar el punto de que mis uñas hicieran sangrar las palmas de mis manos. Un odio que deseaba profundamente ser saciado. De inmediato.
Repentinamente, oigo movimientos afuera. Eran voces, murmullos, y siseos de botas que se generaban al recorrer los pastos largos del patio. Se acercaban. No tenía tiempo que perder. Con extrema suavidad, apoyé el cadáver de mi madre en el piso, guardé el crucifijo en uno de los bolsillos de mi jean, me limpié las manos tintadas en rojo contra la parte trasera de mi pantalón y fui hacia mi habitación a toda velocidad, sin emitir sonido. Celosamente oculta, me esperaba mi escopeta Remington M870, regalo de mi padre para mi cumpleaños número dieciocho. Él se había ocupado de enseñarme a disparar. Soy buen tirador.
Llegó el momento de hacer que esos hijos de puta coman plomo.
Una lágrima se deslizó por mi mejilla.
Me oculté entre la puerta abierta de mi habitación y la pared, a la espera del paso de los acechadores. Traté en vano de calmar mi respiración. Era imposible. Los sollozos brotaban de mi boca sin que nada pudiera contenerlos.
Estoy jodido…
En ese momento, escucho sus voces. Parecía una animada conversación en otro idioma.
Son Yankees
Apenas atravesaron la puerta, confirmé mis sospechas. Distinguí a contraluz sus pasamontañas oscuros, las gafas de visión nocturna y aquellos M16. Dos soldados ingleses, probablemente de algún grupo de reconocimiento que se acercó solo a verificar (a juzgar por su andar despreocupado), tal vez alertados por la presencia de mi auto en la puerta.
Que idiota soy…
Mientras revisaban mi habitación, mis manos transpiraban. El dedo índice temblaba sobre el gatillo. Una suerte de pánico y ansiedad se adueñaba de mi cuerpo. Sentía una sobredosis de adrenalina correr por mi torrente sanguíneo. Y el odio comenzaba a hacer estragos en mí. Entonces, un soldado volteó hacia donde estaba escondido. Gritó. Apuntó. Yo no lo hice. Gatillé. La escopeta vomitó los 12 perdigones. Lo hizo con un alarido gutural, atronador. La oscura habitación se iluminó de amarillo por un instante. Dos instantes. Tres. Cuatro. Los cuadros de las paredes temblaron ligeramente. Oí el tintineo de los cartuchos vacíos cuando chocaban con el suelo. Olí los restos de pólvora suspendida en el aire. Y también olí la sangre. Casi con placer. Me estremecí. Estaba fuera de mí.
Tanteé en la oscuridad el interruptor, la luz se encendió y quedé atónito unos segundos, contemplando mi obra. Mis piernas perdieron su fuerza. Y poderosas nauseas me tomaron por sorpresa. Vomité.
El torso del que se encontraba más cerca estaba abierto por la mitad, mientras que sus entrañas se encontraban repartidas por la pared. Apenas llegué a distinguir que agonizaba balbuceando algo ininteligible. El segundo se encontraba tumbado, sobre mi cama, cuyo color, antes azul, había cambiado a un púrpura intenso. Le faltaban las piernas, las cuales no llegué a distinguir en cuántas partes se encontraban desperdigadas.
Dios… que hice… Dios…
Intenté de recomponerme. El olor nauseabundo que emitían mis víctimas me provocaban arcadas casi incontrolables. Nuevamente vomité. Y solo entones comprendí…
Ante mi no estaban los asesinos de mi madre. Ante mí, no se encontraban dos soldados enemigos. Ante mi, se encontraban los restos de dos seres humanos. Dos seres humanos a los que maté.
Asesino

1 comentario:

  1. GROOOOOOOOOOOOOO SOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!
    Muy muy buen Capitulo Tin!!!
    Lapita...

    ResponderEliminar