NOTA

Es muy importante tener en cuenta que para poder entender de manera correlativa los hechos puede ser necesario respetar el orden de salida de las notas desde la mas vieja a la mas nueva. De ésta manera, se podrá armar la historia de manera mas coherente. Sin embargo, ésta es una humilde recomendación del redactor que queda sujeta a la aceptación del lector.

Enjoy!

24.10.10

Capítulo 11

Desperté con el zumbido de un mosquito cerca de mi oído. Definitivamente, hay pocas formas peores de despertar que así. Completamente fastidiado, intenté espantar al molesto insecto, pero en vista de mis inútiles esfuerzos, me decidí por levantarme.
Observé durante unos instantes la cancha de básquet del Club Libertad, la que alguna vez fue cuna de campeones nacionales, donde anualmente se celebraba el Torneo Interprovincial de Básquetbol Masculino y ahora no era más que un campo de refugiados, con su suelo cubierto de frazadas sucias, sangre de heridos, escombros…
Los refugiados intentaban descansar. Hacía ya 5 días del ataque. Saqué el crucifijo del bolsillo trasero de mi pantalón, me dirigí a una de las gradas del estadio, y me senté a contemplar el gimnasio a la luz de una luna nueva que, desde las ventanas superiores, bañaba el lugar tibiamente con su luz blanquecina.
No podía dejar de pensar en lo que me dijo Javier, uno de mis amigos, envuelto en la organización de la evacuación… ¿Cómo era que la resistencia comunista en Sunchales no era conocida para el mundo? Claro que cuando uno vive al lado de un campamento militar se hace difícil obviar los verdaderos fines de semejante predio. Sobre todo cuando uno escucha todos los días los tiros de quienes entrenan. Pero ahora que lo veo en retrospectiva… ¿El resto del mundo sabía de la presencia rusa en el país?
Sunchales no era el epicentro de la Argentina. Ni siquiera de la Provincia. Es el lugar ideal para empezar una contraofensiva secreta… ¿Los hijos de puta OTAN podría haber descubierto eso y por eso atacaron? Cerré mi puño nuevamente y la imagen de mi madre se materializó fugazmente frente a mí. Cerré mis ojos con fuerza, intentando contener las lágrimas. Inspiré sonoramente y decidí visitar el pabellón de los heridos. Si tenía suerte y algún conocido tenía guardia esa noche, podría al menos entrar a ver a Samuel.
Mientras caminaba solitariamente, vi que otra figura se levantaba de entre una pila de frazadas. No quise ver, pero imaginé que era ella. Seguí caminando, impasible, hasta que al cruzar la entrada del gimnasio y caminar por uno de los pasillos, oí que me chitaba.
“Hola… ¿cómo estás?” me preguntó, y me regaló una vez más su sonrisa, que era mi perdición. Ella es hermosa. No hay otra forma que conozca para definirla. Su pelo negro se encontraba ligeramente revuelto, pero su mirada destellante era la misma que tenía hace 2 semanas atrás. ¿Por qué me mentiste ese día Jazmín? ¿Por qué no fuiste capaz de decirme que no, que solo querías ser mi amiga? ¿Por qué fundaste falsas esperanzas en mí con tu “no sé”, jugaste conmigo y después me dejaste de lado como si de un juguete feo se tratase?
Me miró de manera más inquisidora, levantando una de cejas negras, mientras su expresión pasaba de amistosa a preocupada. Sus mejillas siempre sonrosadas, junto con sus labios, seguían albergando esa sonrisa tan dulce que me conmovía. “¿Estás bien?”
No.
Me moría por decirle la verdad. Que estaba para el orto. Que me sentía completamente desamparado. Que daba lo que sea porque me abrace, porque ella me bese o que me dé una palabra de aliento en ese momento. Que extrañaba a mi vieja más que nunca. Que no podía dejar de tener pesadillas donde la gente que maté despertaba con sus miembros desgarrados a buscar venganza. Que me sentía impotente, que tenía demasiado odio, demasiada bronca oculta en mí. Que quería irme a la mierda.
“Muy bien, ¿vos?”. Fue mi respuesta, un tanto abrupta, como si las palabras chocaran para salir de mi boca. “Bien, con un poco de frío.” Siempre decía lo mismo. Siempre. Entonces fue como si a mi cerebro se le saliera la cadena y hubiera perdido el control.
“¿Porqué?” pregunté.
“¿Porqué qué?” contestó.
“Por qué me mentiste. Por qué dijiste que no querías estar con nadie cuando no era así. Por qué me diste a entender que tenía una chance con vos si no era verdad. Por qué me hiciste esto”
“No quiero discutir ahora. Además yo no te mentí. Nunca te dije que tenías una chance conmigo”
“Cuando te pregunté, me dijiste no sé…” Comenzaba a desquisiarme.
“Porque no le sé, la vida es tan cambiante. Uno nunca sabe…” Miró hacia el suelo, luego al cielo, y me miró nuevamente, pero evitaba el contacto directo con mis ojos. Mirame a los ojos y decime la verdad, por una vez. Por una vez nada más. Decime que si o que no, pero decime la verdad. Nuevamente tomó la palabra "La verdad que éstos planteos de novio a mi no van. Además, hace apenas un mes que nos conocemos… ¿Eso te pareció tiempo suficiente para enamorarte de mi? Creo que si es así, sos un tonto o un iluso. No me conocés ni un poco. Y yo quiero salir con otros chicos, yo quiero vivir mi vida también…”
Entonces perdí el control. “¡¡Dios!! Ves que no entendiste nunca nada… ¿Yo cuestioné que salieras con otro? ¿No te das cuenta que yo solo buscaba conocerte? ¿Y encima tenés la caradurez de tratarme a mí como el imbécil? Yo jamas dije que estuviera enamorado de vos ni te lo di a entender, no se que fue lo que interpretaste. Me hubiera encantado que me dieras la oportunidad de conocerte... Pero vos solo jugaste conmigo” contesté, visiblemente irritado. No entendía cómo podía ser tan cerrada. ¿Acaso no te di tus tiempos Jazmín? ¿No te di tus espacios? “Desde el comienzo te dije que detestaba que me mintieran, me dijiste que vos no eras así, que decías siempre la verdad porque creías en la sinceridad. Que no te gustaba jugar con la gente. Mentirosa hipócrita”
“No sé qué esperabas encontrar en mi. Pero es evidente que vos y yo somos demasiado distintos.” Dijo, al tiempo que se retiraba. Apenas cruzó el umbral, di un fuerte puñetazo contra la pared. Una fuerte punzada en la palma de mi mano me obligó a abrir el puño inmediatamente después de impacto. El crucifijo cayó al suelo, manchado con mi sangre. El corte no era profundo pero era un poco doloroso. Apoyé mi espalda contra la pared, y me dejé caer hasta quedar sentado en el suelo. Respiraba pesadamente. Pensé en mi papá, que aún luchaba en la capital, Santa Fe. Quería estar con él. ¿Qué me quedaba aquí? Apenas un puñado de amigos…
Finalmente, me levanté del suelo. Tomé el crucifijo y lo guardé. Caminé pesadamente hacia donde estaban los heridos. Pregunté por Samuel en la entrada de la improvisada sala de terapia.
“No pibe, a ese se lo llevaron esta tarde para Rafaela en helicóptero.”
Volví apesadumbrado al gimnasio. Cuando iba a entrar, vi que ella estaba sentada en la misma grada que yo había estado unos minutos atrás. Me miró con sus grandes ojos marrones brillando. Y creo que nunca voy a olvidarme de aquella hermosa imagen.
La saludé con la mano. Pero en realidad, me despedí con el corazón. Giré sobre mis talones y salí nuevamente del gimnasio. Abrí la puerta de mi 128, lo encendí y salí del club por una entrada que no tenía custodia. Apenas 130 kilómetros me separaban de mi padre. Tomé la ruta y aceleré mientras en el horizonte, el alba daba inicio a un nuevo día.

2 comentarios:

  1. Impecable, ACCIONARIO y no REACCIONARIO

    señor... usted se pasa ;)

    J.J.

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  2. Cada vez el relato va tomando fuerza. Tenes buena narrativa. Te sigo!!!

    saludos!

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