"La única verdad es la realidad."
Aristóteles
El libro estaba cubierto de una fina capa de polvo. Sopló ligeramente y una pequeña nube se desplegó frente a él. Estornudó.
"Que pelotudo" masculló.
Tomó el libro, se sentó en una banqueta austera y comenzó a hojearlo.
Típico. Grabados, fotos, hojas amarillentas y con los bordes doblados. Miró el año de edición. 1903.
Avanzaba mirando los dibujos, que tenían poco detalle y eran bastante grotescos. Varios mapas ilustraban el desvencijado libro.
Súbitamente, dio con la carátula de un mini cuadernillo oculto dentro del libro. Remarcada aparecían las palabras: Familia Orellana.
Comenzó a leer en detalle las notaciones. Las tres hojas estaban completamente escritas. En la hoja dos había una especie de organigrama... era un árbol genealógico de los Orellana. Pero el mismo era encabezado por un nombre llamativo: Thomas Alexander Cochrane. Y más curioso era el nombre de la persona con la que estaba ligada: María Graham. La palabra "Amantes" figuraba escrita a un lado, subrayada en rojo.
Tal parecía que la familia Orellana había tenido participación activa dentro de la Historia Argentina desde el mismísimo nacimiento de la Patria, pero en un rol bastante sobrio. Dentro de su genealogía aparecían apellidos destacados del ámbito político local del S. XIX y las notaciones en los márgenes indicaban amistades con personajes como Sarmiento o Alvear.
"Que curioso" murmuró. "En el libro de papá no aparece nada de esto... Parece material bastante íntegro para un libro." Conociendo a su padre, era inevitable sospechar que algo importante había encontrado. Entonces miró nuevamente la puerta que no coincidía con el marco de manera correcta y luego arrastró su mirada a la habitación, completamente desordenada. Finalmente, posó sus ojos en la carta... y recordó el miedo de su padre por la información que había descubierto...
Cansando de tanto pensar y frustrado por encontrar más dudas que respuestas, decidió salir a tomar un poco de aire.
La madrugada era fría, pero no lo suficiente considerando que son los últimos días de Agosto. Sin embargo, el cielo estaba completamente cubierto y los relámpagos amenazaban con una terrible tormenta. La brisa ayudaba a la reflexión, mientras comenzaba a caminar por la calle Núñez sin rumbo preciso.
Orellana... El apellido no es demasiado resonante dentro de la historiografía Argentina... sin embargo, le parecía conocido de algún lado… y aquella relación con Cochrane... ¿Que podía tener de particular?
Su profesor de Historia del secundario le había hablado de Cochrane. Lo recordaba como si fuera ayer. Porque su profesor Anibal Acquafresca tenía esa capacidad de contar la historia como un cuento y lograba que sus alumnos captaran el conocimiento de manera tal que no lo liberaran jamás.
Según rememoraba, Cochrane había tenido injerencia en la Emancipación Americana. Una participación por demás activa. Era inglés y era marinero, de los más astutos que existieron... sin embargo sus actos podrían considerarse como vandálicos y por eso muchos no dudaban de tildarlo como un corsario pirata. Estaba enfrentado con San Martin por cuestiones inherentes a la liberación de Perú. En Chile era recordado con empatía. Y no recordaba mucho más... Era momento de comenzar a investigar.
De repente oye un ruido. Mira su reloj de pulsera. Son las 3am. ¿Quién carajo puede estar en la calle a ésta hora? Mira a sus espaldas. El fogonazo contrasta con la oscuridad de la calle y el balazo impacta directamente contra una baldosa. Su ritmo cardíaco estalla en una estampida galopante, mientras que sus glándulas suprarrenales segregan elevados niveles de adrenalina a su torrente sanguíneo. Su sistema nervioso, estimulado por las descargas sinápticas provocan que su instantánea reacción sea correr en dirección contraria a su agresor. Pero su sangre fría pudo determinar que su acción más inteligente sería girar a cada esquina y tratar de regresar a la casa que fue de su padre. Se oyeron dos detonaciones más, pero no se detuvo a ver donde impactaban.
Apenas llega a la puerta de la casa, y luego de entrar y cerrarla, busca con qué bloquearla. Ve una heladera vieja y desvencijada juntando polvo en un rincón olvidado de la despensa. Perfecta.
La adrenalina y los nervios hacían que el peso del electrodoméstico no fuera problema y en cuestión de segundos, la puerta estaba bloqueada.
Entonces, se acerca al árbol genealógico de nuevo y lee el nombre que cerraba la escala, debajo de todos los demás:
Teniente General Hernán Raúl Orellana, Director General de Inteligencia del Ejército Argentino.
Sus temores se habían confirmados. Su padre no había fallecido por accidente. Aquel best seller comercial no era lo que Guillermo Roa había escrito. No era más que una mentira atroz, un engaño a su memoria.
Y ahora su hijo sabe más de lo que debe.
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